El 12 de septiembre, Dario Amodei, cofundador y director ejecutivo de Anthropic, propuso públicamente “ralentizar el ritmo al que mejoran las capacidades de los modelos de IA”. En cuestión de horas, rivales como Sam Altman (OpenAI) y Elon Musk (xAI) se sumaron a la iniciativa. Sin embargo, Donald Trump y sus principales asesores económicos rechazaron la propuesta. La negativa no debería sorprender a nadie, para la Casa Blanca la ralentización de la IA sería el equivalente financiero al cierre del estrecho de Ormuz para Donald Trump.
No abordaré el pretexto ético de Amodei. Su propuesta no es más que un intento de manipular a la opinión pública a través del miedo para doblar la postura de la Casa Blanca, mientras los laboratorios intentan frenar la sangría de efectivo sin asustar a Wall Street. En mi entrega anterior profundicé sobre esta estrategia de comunicación.
Amodei, Altman, Musk y Jensen Huang están sentados sobre lo que bien podría ser la mayor acumulación teórica de riqueza en la historia humana. Solo hay un detalle, aún no son billetes verdes. Están sentados sobre miles de centros de datos en obra negra, millones de GPUs depreciándose a ritmo vertiginoso, turbinas de energía, pagarés corporativos y la promesa no cumplida de convertir todo eso en liquidez, efectivo disponible para los bolsillos de Wall Street y de la Casa Blanca.
Esta es la trampa que el discurso apocalíptico busca ocultar, los barones de la IA le están fallando tanto a WallStreet como a la Casa Blanca. Los prospectos regulatorios y balances auditados revelan pérdidas operativas sin precedentes. En 2025, OpenAI gastó 34,000 millones de dólares y facturó apenas 13,000 millones; quemó más de 2.60 dólares por cada dólar que ingresó.
CoreWeave, el mayor proveedor de infraestructura de OpenAI y Microsoft, reportó ante la SEC ventas por 5,000 millones de dólares frente a un pasivo total que ronda los 45,000 millones.
Anthropic exhibe la misma ficción contable. Aunque presume acelerar sus contratos hacia un ritmo anualizado de 11,500 millones de dólares, arrastra más de 10,000 millones en pérdidas operativas acumuladas entre 2024 y 2025. Además, tiene compromisos mínimos de consumo de nube con Amazon y Google por más de 8,000 millones que debe pagar sin importar si sus modelos se venden o no.
En este escenario resuena la voz de Bill Gates, quien recientemente alertó sobre la urgencia de regular y contener la tecnología. Detrás de su advertencia no hay filantropía, sino los intereses de Microsoft, que solo el año pasado cobró más de 17,000 millones a OpenAI por servicios en la nube y parte de sus ganancias dependen de los contratos de CoreWeave. La advertencia de Gates no estaba dirigida a la humanidad; le habla a un mercado nervioso al que necesita convencer de que el enfriamiento de los retornos no es el estallido de una burbuja, sino una pausa técnica prudente.
El otro problema es que frenar el desarrollo de la IA para salvar los márgenes corporativos implica romper el pacto con Donald Trump. En enero de 2025, presentó el Proyecto Stargate, una empresa de 500,000 millones de dólares operada por OpenAI, SoftBank, Oracle y MGX. Hasta hoy, la iniciativa apenas ha desembolsado unos 10,000 millones en efectivo real sobre el terreno; el resto descansa sobre deuda privada, bonos colateralizados con chips y créditos sindicados.
Ralentizar la IA destruiría la arquitectura financiera de Stargate, un plan que apenas ha generado 25,000 empleos directos frente a los 100,000 prometidos. Para Trump no solo está en juego la reindustrialización, cuyo ritmo anual proyectado para Stargate representaría casi dos tercios de toda la construcción fabril del país, sino la hegemonía indiscutible frente a China.
Por eso, ralentizar la IA es para Trump el equivalente financiero al cierre del Estrecho de Ormuz, significa cerrar el flujo de capital que impulsa la débil reindustrialización estadounidense, poner en riesgo al dólar y el 50% del mercado bursátil que depende de la IA, dejando a Trump con dos alternativas, ceder a la captura regulatoria o arriesgarse a un nuevo shock económico que beneficie a China.