Cada 15 de septiembre, cuando el reloj se acerca a las once de la noche, se levantan las banderas, suenan las campanas, se proclaman los vivas a México y la música de mariachi sube de volumen. En algún momento, alguien hace un ademán de silencio al resto de la familia, una voz (¿presidenta, gobernadores, alcaldes todos al unísono?) pronuncia los nombres de Hidalgo, Morelos, Allende, Ortiz de Domínguez y los demás héroes que lucharon por la independencia de la Corona española.
Es una escena recurrente que todos hemos vivido por años, que vivieron los que han estado antes que nosotros y que parecería remontarse a aquel 1810 de estos héroes pero que; sin embargo, se trata de una tradición bastante más reciente. Y es que la manera en que se celebra la identidad nacional en estas fiestas patrias tomó forma, en buena medida, durante los años veinte cuando el primer gobierno institucional del presidente Álvaro Obregón, tras el movimiento revolucionario que había dejado un país dividido, se dio cuenta de que el nuevo régimen necesitaba construir símbolos nacionales capaces de reconciliarlo. El arte, la cultura popular, la historia y las fiestas públicas (muchas de ellas ordenadas bajo el pensamiento vasconcelista) ocuparon un lugar importante en esa tarea.
Obregón llevaba tan solo un par de meses en el poder cuando le tocó organizar un amplio programa de celebraciones para conmemorar el centenario de la consumación de la Independencia en 1921, siguiendo en parte el modelo de los festejos que Porfirio Díaz había preparado en 1910. La ciudad se llenó de banderas y las imágenes del pasado prehispánico, provenientes de las recientes excavaciones que Manuel Gamio había desarrollado en la Ciudadela, comenzaron a ocupar un lugar central en ese nuevo nacionalismo cultural que buscaba acabar con la fragmentación social de siglos.
En ese contexto se organizó la primera Noche Mexicana. La velada tuvo lugar en el Bosque de Chapultepec y se desarrolló como un evento para la burguesía y otros representantes de la vida política y diplomática del país. Como única condición se les requirió a todos los asistentes acudir con traje típico para disfrutar de la música, los bailes regionales, los fuegos artificiales, los puestos de comida y aguas frescas, así como de los vendedores de confeti que amenizaron el evento.
El bosque quedó dividido en una especie de mapa cultural de México ya que se instalaron diez pabellones de estilo regional a través de los cuales cualquier visitante podía recorrer el país en unas cuantas horas. En su interior fueron recreados distintos episodios históricos, los paisajes más impresionantes y, una exhibición de artes industriales (desde la cerámica de Jalisco, la talavera de Puebla a las lacas de Michoacán), fue expuesta junto a las reproducciones de las ruinas de Mitla y de Chichén Itzá.
Estos pabellones se encontraban flanqueados por tres escenarios desde donde salían constantemente músicos y bailarines de distintas regiones que ejecutaban sus danzas frente a un set de escenarios diseñados por el artista Adolfo Best Maugard quien trabajó con mucho detalle el decorado tras haber estudiado por años el arte prehispánico tratando de encontrar las formas esenciales del arte mexicano. Su llamado Método de Dibujo partía de siete trazos básicos identificados en diseños prehispánicos que había estudiado sobre materiales procedentes de Teotihuacán y en donde había observado ciertos patrones que, a su juicio, podían convertirse en una gramática visual capaz de recuperar no solo la tradición sino de llevarla a un lenguaje moderno.
Siguiendo su propio método, Maugard construyó una representación del Popocatépetl de la que salían luces y una enorme bandera móvil que podía verse desde distintos puntos de Chapultepec. El espectáculo dependía tanto de la música y la danza como de la iluminación y la escenografía donde se desplegaron cincuenta bailarinas vestidas de tehuanas, entre ellas María Cristina Pereda, además del Ballet Nacional y la Orquesta Típica del Centenario, dirigida por Miguel Lerdo de Tejada.
Uno de los grandes éxitos de la velada fue el espectáculo del Jarabe tapatío interpretado por Ana Pavlova, la célebre bailarina rusa, que combinó sus zapatillas de punta con el traje de china poblana. Sin embargo, esa china que apareció en el escenario no reproducía exactamente a una mujer popular de la época ya que su representación había sido moldeada también por las estampas del siglo XIX y por una mirada artística que convertía determinados tipos regionales en símbolos nacionales. Esto nos indica que “lo mexicano” estaba siendo en consciencia creado dentro de la nueva cultura popular obregonista y, por ende, de ese México que estaba buscando nuevos emblemas.
Esta primera Noche Mexicana se repitió el 28 de septiembre con la inclusión de otros sectores de la sociedad y continuó repitiéndose hasta el día de hoy. Y, aunque podemos observar que la celebración ha cambiado a lo largo de todos estos años, por supuesto (la música, los espacios, la manera de entender la nación), también podemos advertir que siguen permaneciendo muchos de sus símbolos, sobre todo el del Grito en el que esa voz con la que empezamos este texto pregunta quién vive y millones responden. Lo hacen dando una respuesta clara en la que caben Hidalgo y la Revolución, las antiguas civilizaciones y el México moderno, la memoria familiar y la historia oficial, las regiones, las lenguas, los pueblos originarios, las músicas y también todas las discusiones que siguen abiertas sobre lo que significa pertenecer a este país.
Viva México y vivan todos los héroes que nos dieron patria. Obregón, también.