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Marcharon por la paz… a golpes

Marcharon por la paz… a golpes

Por Carlos Arredondo .

Hay imágenes que explican una contradicción mejor que mil discursos.

Este domingo Culiacán volvió a vestirse de blanco. La convocatoria decía “Marcha por la Paz”. Se habló de reconciliación, de recuperar las calles, de familias, de justicia y de terminar con la violencia.

Hasta ahí, imposible estar en desacuerdo.

El problema comenzó cuando, entre tanta ropa blanca y llamados a la concordia, aparecieron las piñatas con los rostros de la presidenta Claudia Sheinbaum y de la gobernadora interina Graciela Domínguez Nava para ser golpeadas.

Sí: golpear para pedir que se deje de golpear.

Una exquisita aportación sinaloense a la teoría de la no violencia.

Porque uno puede estar en desacuerdo con un gobierno. Puede reclamar, protestar, gritar, marchar y exigir resultados. Todo eso no solamente es legítimo: es indispensable en una democracia.

Pero cuando convocas bajo la palabra paz y terminas festejando mientras una representación de una mujer es golpeada, quizá el problema no sea únicamente de comunicación política.

Quizá alguien olvidó buscar “paz” en el diccionario antes de salir de casa.

Y aquí viene una contradicción todavía más dolorosa.

En el video que motiva estas líneas se denuncia que, en medio de la movilización, una madre con hijos desaparecidos intentó tomar la palabra y no se le permitió hacerlo.

Porque no existe discurso empresarial, membrete de organización civil ni aspiración política que tenga mayor autoridad moral para hablar de esta crisis que una madre que busca a sus hijos.

¿Una marcha por las víctimas donde una víctima no puede hablar?

Entonces algo salió terriblemente mal.

A las madres buscadoras no se les utiliza como decoración de una fotografía. Se les escucha.

No necesitan que alguien hable por ellas. Llevan años hablando mientras demasiados sectores de la sociedad volteaban hacia otro lado.

Por eso resulta particularmente incómodo observar que algunos personajes hayan descubierto súbitamente el activismo ciudadano cuando 2027 comienza a asomarse en el calendario.

Qué casualidad tan puntual.

La propia discusión pública previa a la marcha advertía que la movilización podía convertirse en un “termómetro” del ánimo social rumbo al proceso electoral y que dirigentes empresariales participantes han abierto públicamente la posibilidad de competir electoralmente.

Entonces la pregunta no es ofensiva; es democrática: ¿marchamos por la paz o estamos calentando motores para 2027?

Porque las víctimas merecen saberlo.

También resulta difícil entender al supuesto activismo que por la mañana predica reconciliación y unos metros después encuentra divertido golpear una piñata con el rostro de la nueva gobernadora interina.

Podrán decirnos que “solamente era una piñata”.

Exactamente.

Y precisamente por eso sorprende.

En un estado que lleva dos años tratando de escapar de una cultura donde la violencia se ha normalizado, ¿la pedagogía ciudadana consiste en representar simbólicamente el acto de golpear a quien piensa distinto?

Extraña manera de construir paz.

No se puede caer en la comodidad de desacreditar a toda persona que salió este domingo.

Sería absurdo.

Ahí caminaron familias con miedo. Personas que han perdido seres queridos. Ciudadanos cansados de modificar horarios, cerrar negocios o preguntar diariamente a sus hijos: “¿ya llegaste?”.

Ese dolor es verdadero.

La exigencia también.

Pero precisamente por respeto a ellos debemos señalar a quienes intenten apropiarse de ese sufrimiento.

La paz no puede ser franquicia de un conglomerado de empresarios conservadores, de un partido, menos de uno que cuando gobernó empoderó a las organizaciones que hoy mantienen esta crisis, de una asociación de pseudo activistas, de Morena, de la Iglesia, ni del aspirante electoral que mañana descubra que una fotografía vestido de blanco con letras azules y con la tipografía de un partido genera buenos números en Facebook.

Mucho menos puede convertirse en escenario para quienes confunden activismo con espectáculo.

No basta responder que todo está bien.

El gobierno debe responder con hechos, no basta con reconocer que han llegado más personal de seguridad? Que se ha invertido más en obras, que los programas sociales impactan en la sociedad directamente, entre otras.

Mientras exista una persona desaparecida, una familia desplazada o un joven asesinado, el Estado tiene cuentas pendientes. Un gobierno popular debe escuchar la protesta incluso cuando incomoda y debe combatir la violencia atendiendo sus causas: pobreza, desigualdad, abandono juvenil, adicciones, impunidad y ausencia histórica del Estado en numerosas comunidades.

Eso también es construir paz.

Pero una cosa es exigirle resultados al gobierno y otra utilizar la tragedia para fabricar candidaturas.

Una cosa es criticar a Graciela Domínguez y otra celebrar simbólicamente que la golpeen.

Una cosa es defender a las madres buscadoras y otra pretender colocarlas detrás de una manta mientras otros monopolizan el micrófono.

Y una cosa es marchar por la paz y otra posar para ella.

La gobernadora interina fue designada apenas el 25 de agosto. Antes de esta movilización incluso expresó públicamente coincidencia con la exigencia ciudadana de recuperar la paz. Eso no la exenta de rendir cuentas ni convierte en ilegítima ninguna protesta contra su gobierno.

Pero tampoco justifica convertir la violencia simbólica en entretenimiento dominical.

Debe existir una oposición crítica.

Queremos organizaciones ciudadanas fuertes.

Queremos empresarios participando en los asuntos públicos.

Queremos madres buscadoras hablando hasta que las autoridades estén obligadas a escucharlas y responder con hechos sus llamados.

Lo que no necesitamos son mercaderes del dolor.

Personajes que quieran convertir cada muerto en consigna, cada desaparecido en pancarta y cada marcha en ensayo general de campaña.

Culiacán necesita paz de verdad.

La que se construye en las colonias, las escuelas, las canchas y las comunidades.

La que encuentra a los desaparecidos.

La que abraza a las víctimas.

La que evita que nuestros jóvenes terminen incorporados a las filas del crimen.

La que exige al gobierno sin fabricar odio.

Porque después de este domingo queda una pregunta inevitable: si para pedir paz necesitas callar a una madre y golpear simbólicamente a otra mujer, quizá no estabas marchando por la paz.

Quizá solamente estabas marchando contra alguien.

Y eso, aunque todos vistan de blanco, es otra cosa.