Esta semana, en vísperas de que la UNESCO reuniera en París a ministros, especialistas, docentes y estudiantes para discutir el futuro de la educación en la era de la inteligencia artificial, México firmó un acuerdo con este organismo para impulsar la transformación digital y el uso ético de la IA en el sistema educativo. La discusión llega en el momento correcto, pero quizá estamos formulando mal la pregunta. El problema ya no es decidir si los estudiantes deben utilizar inteligencia artificial: millones ya lo hacen. La pregunta verdaderamente incómoda es otra: si una máquina puede redactar un ensayo, resumir un libro, resolver un ejercicio o explicar un concepto en segundos, ¿qué significa realmente aprender?
En México esta discusión dejó de ser hipotética. En abril, la Secretaría de Educación Pública presentó los resultados de la Encuesta Nacional sobre Usos y Percepciones de la Inteligencia Artificial Generativa en la Educación Superior, la cual involucró a más de 1.5 millones de estudiantes y alrededor de 166 mil docentes. Más del 60% declaró utilizar cotidianamente herramientas de IA generativa y ocho de cada diez estudiantes afirmó emplearlas para elaborar textos. Pretender mantener a la inteligencia artificial fuera de las universidades sería, a estas alturas, intentar cerrar una puerta cuando la tecnología ya está sentada dentro de cada salón de clases.
El fenómeno tampoco es exclusivamente mexicano. Un estudio presentado esta misma semana por UNESCO IESALC, basado en 200 instituciones de educación superior de 19 países de América Latina y el Caribe, encontró que el 87% ya utiliza inteligencia artificial en al menos alguna de sus actividades y el 74% la emplea en procesos de enseñanza y aprendizaje. El dato preocupante aparece después: únicamente el 26% cuenta con una estrategia formal para su utilización. La tecnología está avanzando más rápido que las instituciones encargadas de decidir cómo debe incorporarse, con qué límites y para cumplir qué objetivos educativos.
Por eso sería demasiado sencillo responsabilizar exclusivamente al estudiante que le pide a una IA que haga su tarea, que haga sus trabajos o que haga una investigación. Durante demasiado tiempo confundimos aprender con memorizar, repetir y resumir. Si una máquina puede realizar buena parte de esas actividades en segundos, entonces también debemos cuestionar el tipo de tareas y evaluaciones que seguimos utilizando. Prohibir la herramienta puede resolver temporalmente el problema para el profesor; no resuelve el problema que venimos arrastrando desde hace décadas, educación que muchas veces continúa evaluando la reproducción de información en lugar de su comprensión.
Eso definitivamente no significa que el uso de inteligencia artificial de manera inmediata mejore el aprendizaje. Existe una diferencia enorme entre pedirle a una plataforma que lea, piense y escriba por nosotros, y utilizarla para contrastar argumentos, encontrar explicaciones distintas, identificar errores o someter nuestras ideas a cuestionamiento. La UNESCO ha colocado precisamente el juicio crítico, la ética y la capacidad de comprender, aplicar y crear con inteligencia artificial entre las competencias que los sistemas educativos deben desarrollar. El desafío no debería ser producir jóvenes capaces de obtener respuestas de una máquina, sino personas capaces de determinar cuándo una respuesta es correcta, qué intereses puede contener, qué información falta y por qué deberían confiar —o no— en ella.
Pero esta transformación también puede crear una nueva desigualdad educativa. Según la ENDUTIH 2025 del INEGI, el 78.3% de los hogares mexicanos tenía conexión a internet, pero solamente el 44.7% disponía de computadora, laptop o tableta. En una educación atravesada cada vez más por herramientas digitales, no será igual estudiar con computadora propia, conexión estable y formación para utilizar IA críticamente que hacerlo desde un teléfono —o sin este— , con datos limitados y sin acompañamiento. La nueva brecha educativa puede no dividir solamente a quienes tienen internet de quienes no, sino a quienes saben utilizar estas tecnologías para ampliar sus capacidades y quienes únicamente aprenden a depender de ellas.
México ha comenzado a moverse. La SEP ha presentado diez acciones para promover un uso ético y crítico de la inteligencia artificial en educación superior y el acuerdo firmado con UNESCO el 7 de septiembre busca desarrollar las capacidades institucionales y políticas públicas en transformación digital. Es un avance necesario, pero insuficiente si permanece en recomendaciones generales. Las universidades necesitan reglas claras sobre integridad académica y protección de datos, capacitación permanente para docentes, alfabetización en IA para estudiantes y, sobre todo, una transformación de sus métodos de evaluación. El diagnóstico regional de UNESCO muestra precisamente el tamaño del rezago: solo una de cada cuatro instituciones analizadas cuenta con una estrategia formal de inteligencia artificial.
La respuesta no puede ser declarar una guerra contra la inteligencia artificial ni aceptar pasivamente que las empresas tecnológicas decidan cómo aprenderán las próximas generaciones. Nuestro país necesita convertir la alfabetización en inteligencia artificial en una política educativa de Estado, garantizar acceso equitativo a infraestructura digital, formar docentes y rediseñar las evaluaciones para privilegiar la investigación, la argumentación, la creatividad, la discusión y la resolución de problemas. Si la IA ya sabe muchas de las respuestas, estudiar sigue siendo indispensable precisamente porque alguien tendrá que aprender a formular las preguntas, distinguir la verdad del error y decidir qué hacer con el conocimiento disponible. En la era de la inteligencia artificial, la educación no puede limitarse a enseñarnos a responder: tiene que enseñarnos a pensar, resolver problemas, democratizar el acceso al conocimiento y reducir las desigualdades.