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Mirar al sur: la lección de Brasil para México

Mirar al sur: la lección de Brasil para México

Por Milo Montiel Romo

La derecha mexicana está hoy más preocupada por golpear a Morena, atrincherarse en sus partidos, conservar sus espacios en el presupuesto público y evitar la pérdida de su registro electoral que por construir una alternativa política. Vive una profunda carencia de liderazgos, de proyecto y, sobre todo, de imaginación.

Se encuentra ante la enorme tarea de reinventarse y construir una narrativa capaz de hacer olvidar su propia historia a un electorado que la ha rechazado en las urnas en más de una ocasión.

Sin embargo, sería un grave error asumir que esta realidad será permanente. Debemos abandonar la costumbre de mirar únicamente hacia el norte. No podemos dejar de observar lo que sucede al sur de nuestras fronteras.

De los doce países de Sudamérica, siete tienen gobiernos identificados con la derecha o la centroderecha. Se trata de corrientes políticas distintas, pero varias de ellas han aprendido a apropiarse del descontento social y convertirlo en una opción electoral que promete soluciones rápidas, basadas en el orden y la mano dura, la reducción del Estado y la promesa de que una mayor cercanía con Estados Unidos traerá crecimiento económico, inversiones y una disminución de la pobreza.

En muchos sentidos, la derecha sudamericana se apropió de las demandas que históricamente habían alimentado el discurso de la izquierda, las envolvió en la religión y la moral, las condimentó con la añoranza de un paraíso perdido y las presentó mediante personajes que, con una imagen carismática y aparentemente disruptiva, ofrecieron la ilusión de representar algo nuevo.

Es en este contexto que Brasil enfrentó, el pasado fin de semana, una elección presidencial decisiva para el equilibrio político de América Latina. La derecha, encabezada por Flávio Bolsonaro, obtuvo la mayor votación en la primera vuelta. Sin embargo, en la segunda, Luiz Inácio Lula da Silva consiguió revertir el resultado y alcanzar la reelección.

Ganó la izquierda. Logró ampliar su votación en la segunda vuelta, en una jornada que registró una mayor participación ciudadana. Recuperó la iniciativa política y disputó la narrativa en las redes sociales, pese a las dificultades que su propio equipo de campaña denunció durante el proceso electoral.

Estas denuncias no fueron menores. Los responsables de la campaña de Lula acusaron a Meta, empresa estadounidense propietaria de Facebook, Instagram y WhatsApp, de favorecer mediante sus algoritmos la visibilidad de los contenidos de Flávio Bolsonaro y limitar el alcance de las publicaciones del presidente brasileño. Incluso señalaron una presunta alineación de la empresa tecnológica con el gobierno de Donald Trump, lo que consideraron una forma de interferencia extranjera en las elecciones de Brasil.

Las acusaciones fueron llevadas ante el Tribunal Superior Electoral y organismos internacionales, incluida la Organización de los Estados Americanos. Aunque Meta negó cualquier manipulación deliberada y atribuyó las irregularidades a fallas técnicas, la controversia puso sobre la mesa un problema que trasciende las fronteras brasileñas: el enorme poder de las corporaciones tecnológicas estadounidenses sobre la circulación de la información y la construcción de las narrativas políticas en América Latina.

En ese escenario, la campaña de Lula consiguió recuperar terreno en la disputa digital y fortalecer su movilización territorial. Demostró que la organización política, la participación ciudadana y la capacidad de comunicar siguen siendo fundamentales frente al creciente poder de las plataformas digitales.

La victoria no es menor. Brasil es la economía más grande de América Latina, con un Producto Interno Bruto (PIB) nominal estimado para 2026 en aproximadamente 2.65 billones de dólares, una población de 214.2 millones de habitantes y un padrón electoral cercano a los 159 millones de personas.

Se le puso un alto al avance de la derecha en la región. Sin embargo, Lula tendrá que gobernar un país profundamente dividido. El resultado electoral, de 51.79% frente al 48.21%, representa una diferencia de apenas 3.58 puntos porcentuales, aunque en términos absolutos supera los cuatro millones de votos.

La derecha brasileña conserva una enorme fuerza política, económica y social. Su presencia territorial, sus estructuras partidistas y su capacidad de movilización harán especialmente complejo el próximo gobierno de Lula. A ello se suma un entorno regional en el que las administraciones conservadoras han ganado espacios importantes.

Aquí, el papel de México resulta fundamental.

México y Brasil, gobernados por proyectos identificados con la izquierda, constituyen las dos economías más grandes de América Latina. Sus políticas sociales, sus programas de combate a la pobreza y sus esfuerzos por fortalecer el papel del Estado representan experiencias fundamentales para discutir el futuro económico y político de la región.

Sin embargo, sería ingenuo pensar que la derecha mexicana permanecerá indefinidamente derrotada. En cualquier momento puede encontrar la fórmula para reorganizarse, apropiarse del descontento ciudadano y capitalizar las demandas legítimas de quienes no encuentran respuestas a sus problemas.

Ya lo hemos visto en América Latina: movimientos conservadores que se presentan como alternativas frente a las crisis sociales, que utilizan el miedo, la inseguridad y la incertidumbre económica para construir discursos de confrontación y prometen restaurar la paz mediante el endurecimiento del poder.

En México podrán recurrir a las acusaciones de fraude electoral, a la inseguridad, a la pobreza, a la corrupción, al crecimiento de los impuestos o a los señalamientos de abuso de poder. Encontrarán en cada contradicción del ejercicio gubernamental una oportunidad para construir su propia narrativa.

Lo he dicho antes: no podemos permitir que las contradicciones naturales del ejercicio del gobierno se acumulen sin respuesta. No podemos dejar que los problemas cotidianos de la población sean abandonados hasta convertirse en las banderas políticas de quienes esperan recuperar el poder.

La derecha puede radicalizar su discurso y buscar nuevas formas de organización. La izquierda mexicana no debe olvidar que su victoria se cimentó en el profundo descontento social acumulado durante siete décadas de gobiernos priistas y doce años de administraciones panistas. En el rechazo a la desigualdad, la violencia, la corrupción, los privilegios y las estructuras de poder que durante décadas limitaron las oportunidades de millones de mexicanos.

Pero la memoria histórica, por sí sola, no garantiza ninguna victoria futura.

La izquierda debe ser radical en su compromiso con la justicia social, con la igualdad y con el bienestar colectivo. Debe utilizar todos los instrumentos legítimos del Estado para garantizar derechos, combatir la desigualdad y atender las causas del descontento. Debe mantener su capacidad de escuchar, de rectificar y de encabezar las demandas populares antes de que otros pretendan apropiarse de ellas.

La derecha sigue siendo fuerte en América Latina. En México ha sufrido derrotas electorales importantes, pero conserva la posibilidad de reorganizarse y recuperar espacios.

Por eso debemos mirar al sur. Celebrar la victoria de Lula en Brasil, pero también estudiar las derrotas de la izquierda en otros países. Comprender cómo avanzó la derecha, cómo conquistó el descontento social y cómo logró presentarse como una alternativa frente a gobiernos progresistas.

La izquierda mexicana no puede conformarse con haber derrotado a la derecha. Su verdadera responsabilidad es impedir que las causas sociales que la llevaron al poder vuelvan a convertirse en las razones de su derrota.