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  • hace 16 horas
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Paraguay: un banco cayó y se llevó a un presidente

Paraguay: un banco cayó y se llevó a un presidente

Por Helios Ruiz .

Imagine despertar una mañana, abrir la aplicación de su banco y descubrir que no puede tocar su dinero. No importa si necesita pagar la renta, comprar medicamentos o alimentar a su familia: sus ahorros siguen ahí, pero no puede usarlos. Ahora imagine que eso le ocurre a casi la mitad de la población de su país y que, tres días después, el presidente anuncia su renuncia. Eso acaba de pasar en Paraguay.

Este jueves, Santiago Peña dejó la Presidencia a la que llegó en agosto de 2023 y que debía ejercer hasta agosto de 2028. El detonante fue Ueno Bank, un banco digital que creció a gran velocidad hasta sumar cerca de 2.9 millones de clientes. El lunes 2 de noviembre, el Banco Central del Paraguay inició su intervención al detectar que su índice de solvencia había caído por debajo de la mitad del mínimo legal, además de irregularidades en créditos otorgados a empresas vinculadas con el Grupo Vázquez, su principal accionista. Las aplicaciones se apagaron, las tarjetas quedaron suspendidas y la ansiedad llenó las filas frente a los bancos. Aunque el Banco Central asegura que el fondo de garantía cubre a la gran mayoría de los ahorradores, la confianza ya estaba rota.

Lo que convirtió una crisis bancaria en una crisis de gobierno fue el dinero público. Solo el Instituto de Previsión Social, que administra las pensiones de la mayoría de los trabajadores, tenía alrededor de 355 millones de dólares invertidos en Ueno. Y la pregunta fue inevitable: ¿cómo llegaron tantos recursos públicos a una institución tan frágil? La respuesta se volvió explosiva por un antecedente conocido: Peña había sido accionista de Ueno Holding, empresa del mismo grupo, y vendió su participación en marzo de 2025. Él ha rechazado cualquier vínculo indebido y una relación empresarial previa no es, por sí misma, un delito. Pero la Fiscalía ya detuvo a ocho directivos, incluido el dueño del grupo, y el fiscal general turnó una denuncia contra el propio Peña a la unidad anticorrupción.

Aquí hay una lección de comunicación política que conviene subrayar. Durante tres días, mientras crecían las filas y las protestas, el presidente no apareció en público y se limitó a mensajes en redes sociales. En una crisis, el silencio nunca es neutral: alguien más ocupa el espacio que el líder deja vacío. Cuando Peña por fin habló, ya no fue para explicar, sino para despedirse, pedir disculpas y solicitar que se garantice la devolución de los depósitos.

El golpe definitivo, sin embargo, no vino de la oposición, sino de casa. Horacio Cartes, expresidente, jefe del Partido Colorado y padrino político de Peña, dio luz verde al juicio político. Minutos después de la renuncia, la Cámara de Diputados aprobó la acusación por 78 votos contra cero. ¿Para qué enjuiciar a quien ya se fue? Porque aceptar su renuncia sin más le abriría la puerta a un escaño de senador vitalicio, con fueros. En la misma sesión, los colorados rechazaron el juicio contra el vicepresidente Pedro Alliana, quien asumirá el poder hasta 2028.

Esa doble votación dice mucho. El partido no se derrumbó: sacrificó una pieza para proteger el tablero. Cartes conserva el control del oficialismo y el relevo queda en manos de un aliado. Es una maniobra clásica de contención de daños, y la gran pregunta es si los paraguayos la leerán como rendición de cuentas o como simple cambio de rostro.

La paradoja es evidente. El propio Banco Central había elevado su proyección de crecimiento para 2026 al 5% con una inflación controlada, y el país presumía su grado de inversión para posicionarse como un centro financiero regional. Nada de eso sirve a quien no puede disponer de su sueldo. Las cifras macroeconómicas no votan; las personas sí. Y hace apenas un mes, en las elecciones municipales, la oposición le arrebató Asunción al Partido Colorado y retuvo Ciudad del Este, aunque el oficialismo ganó en la mayor parte del territorio. Rumbo a 2028, la disputa ya no será solo por votos, sino por credibilidad.

La lección para América Latina es clara: un gobierno puede presumir crecimiento, estabilidad y triunfos electorales, pero nada de eso sustituye la confianza ciudadana. Los presidentes se pueden sustituir mediante la Constitución. Los bancos pueden reorganizarse o liquidarse conforme a la ley. Pero cuando una sociedad comienza a dudar de quienes deben protegerla, la verdadera crisis apenas comienza.