Michel Foucault advertía en su lección inaugural —El orden del discurso— pronunciada en el Colegio de Francia el 2 de diciembre de 1970, que el discurso no es simplemente aquello que traduce las luchas o los sistemas de dominación, sino que es el objeto mismo de la lucha, "aquel poder del que quiere uno adueñarse". La reciente visita a México de la diputada española Cayetana Álvarez de Toledo, cobijada por el empresario Ricardo Salinas Pliego, ilustra a la perfección esta batalla por controlar el orden del discurso.
Álvarez de Toledo sentenció que la soberanía mexicana está amenazada por el "populismo autoritario" y el "crimen organizado". Esta retórica de la extrema derecha mexicana y española no es inocente ni descriptiva; es un mecanismo de exclusión y control. La derecha sabe que carece de un respaldo popular masivo capaz de contrarrestar democráticamente al gobierno de Claudia Sheinbaum. Por ello, renuncian a construir una mayoría y optan por imponer una materialidad discursiva basada en el miedo. Toman hechos aislados, los magnifican y construyen un discurso que ejerce un poder de sometimiento sobre los acontecimientos. El objetivo es adueñarse de la narrativa mediante la subrepción, dictando sentencias apocalípticas que les resulten de utilidad política.
El objetivo es perverso pero claro. Al instalar en el debate público la idea de que la Cuarta Transformación es sinónimo de autoritarismo y crimen organizado, buscan crear un marco de "verdad" donde cualquier acto violento o antidemocrático destinado a desestabilizar al gobierno adquiera legitimidad. Si el régimen es ilegítimo, la radicalidad se justifica.
Pero esta violencia discursiva tiene una segunda función vital para la derecha, la de ocultar la verdadera amenaza a la soberanía que ellos mismos construyeron y de la que se beneficiaron. Mientras acusan a la izquierda de "populismo autoritario", buscan que olvidemos su propio "populismo tecnócrata".
Para entenderlo, no miremos sus palabras, sino sus actos durante la reforma energética de 2013. Nos vendieron el espejismo de la modernidad y el libre mercado, pero la investigación del académico de la Universidad de Oxford, José María Valenzuela (DOI:10.1016/j.wdp.2023.100527) demuestra que, en realidad, instauraron un modelo de "desriesgo" (de-risking) enmarcado en el Consenso de Wall Street. El Estado fue reducido a una agencia de seguros encargada de absorber los riesgos de la inversión privada para garantizarles a los corporativos flujos de efectivo constantes.
A través de la Comisión Federal de Electricidad (CFE), el populismo tecnócrata operó a dos bandas, protegió a los privados de la libre competencia mediante jugosos subsidios en esquemas como el autoabasto, con contratos legados, Certificados de Energías Limpias (CEL´s) y al mismo tiempo utilizó a la empresa estatal para mantener tarifas subsidiadas y así evitar el descontento social. Es decir, utilizaron dinero y endeudamiento público para regalar nuestra infraestructura a unos cuantos, socializando las pérdidas y privatizando las ganancias.
Afortunadamente, ese secuestro institucional ha terminado. La firma de las leyes secundarias por la presidenta Claudia Sheinbaum rompe con ese discurso y recupera la materialidad de la soberanía. Con la nueva Ley de la Empresa Pública del Estado, la CFE deja de estar subordinada a los intereses corporativos para volver a ser garante de la seguridad nacional y la "justicia energética". Al asegurar legalmente que el Estado genere el 54% de la electricidad y se evite el lucro, se desmantela el esquema de dependencia que la derecha institucionalizó.
Frente a la trampa discursiva de "Soberanía o Sheinbaum" lanzada por Álvarez de Toledo, los hechos responden. La verdadera disyuntiva histórica en México ha sido elegir entre un populismo tecnócrata que saqueaba al país disfrazado de eficiencia, o una soberanía real donde las instituciones y empresas públicas pertenecen y sirven al pueblo. La derecha podrá intentar secuestrar el orden del discurso con narrativas de terror, pero la justicia energética y el masivo respaldo popular les han arrebatado, irremediablemente, el poder. Tal y como lo señaló Foucault, "El discurso se anula así, en su realidad, situándose al servicio del significante".