Cuando me encontré, hace unos días, con The Tree of Life en el British Museum, una escultura de más de tres metros de altura construida con armas de fuego desmanteladas, pensé enseguida que era una pieza que no debía estar allí. Supongo que no lo hice porque me debatiese entre su calidad artística y su pertenencia a un entorno museístico vinculado a la antigüedad, sino porque pensé que era una obra que pertenecía a otro mundo. En efecto, el árbol de la vida representaba a un árbol en apariencia, pero estaba hecho de fusiles.
Y es que Mozambique vivió entre 1976 y 1992 una guerra civil que enfrentó al gobierno (FRELIMO contra RENAMO) y que estuvo atravesada por las lógicas de la Guerra Fría y por la intervención de países vecinos. Las armas llegaron al país en cantidades enormes y, cuando llegó la paz en 1992, el problema no desapareció con la firma de un acuerdo, sino que quedaron las armas. Muchas fueron entregadas, otras destruidas, pero miles permanecieron escondidas o enterradas en lugares que durante años habían sido secretos de guerra y la tan ansiada paz tuvo que conseguir que una sociedad acostumbrada a vivir con armas aprendiera a vivir sin ellas.
En 1995, el obispo Dinis Sengulane puso en marcha el proyecto Transforming Arms into Tools (TAE-Transformando Armas en Herramientas), con el apoyo de la Ayuda Cristiana, con el fin de convencer a los mozambiqueños de entregar las armas a cambio de herramientas para la vida civil (arados, bicicletas, máquinas de coser, etc.) y así ofrecer otra posibilidad a quienes habían vivido durante años dentro de una sociedad atravesada por la guerra. La iniciativa tuvo tal acogida que, incluso, un pueblo entero entregó sus armas a cambio de un tractor.
Porque lo cierto es que nunca nos planteamos qué sucede cuando acaba una guerra. Nos conformamos con pensar que, después de la firma del tratado, del acuerdo o del alto al fuego, después de ese momento en que los dirigentes se estrechan las manos y prometen que los combatientes dejarán de dispararse, no habrá más violencia y la sociedad podrá volver a la normalidad, si es que ha quedado algo de aquella después de la guerra. Por eso es tan impactante la figura de un árbol, aún más como símbolo que las armas de las que está hecho. Porque el árbol, en su función artística, no borra la violencia, tampoco la embellece, sino que la hace visible de otra manera. Otra, mucho más sutil.
Cuando esta obra fue hecha en Maputo en 2004 por cuatro artistas mozambiqueños (Adelino Serafim Mate, Fiel dos Santos, Hilario Nhatugueja y Cristóvão Canhavato), los artistas decidieron no fundir las armas hasta hacerlas irreconocibles, sino que las cortaron y las transformaron en animales, pájaros y ramas. Las armas están allí, cada una de ellas, pero es la función lo que ha cambiado. Lo habíamos visto ya en “Los desastres de la guerra” cuando Goya se rebeló contra el olvido de la memoria y lo vimos también en “El Guernica” de Picasso cuando la imagen del bombardeo fue condenada a sobrevivir a sus combatientes. Imágenes que nos recuerdan que el arte no resuelve el trauma, sino que nos expone, inmisericorde, ante aquello que preferiríamos olvidar.
Ese árbol mozambiqueño representa una transformación, la de Sengulane, la de convertir las armas en arados a partir de la organización de su sociedad que fue capaz de transformarla en una operación práctica al recoger las armas, inutilizarlas, intercambiarlas por herramientas y, en algunos casos, convertirlas en obras de arte; entendiendo que la misma sociedad que puede ser capaz de hacer la guerra puede, después, construir la paz.
Y esta es, quizá, la parte que más me interesa de la historia mozambiqueña porque entiendo que tendemos a imaginar la guerra y la paz como algo que llega desde fuera, pero esta iniciativa del TAE nos introduce a otra posibilidad, la de que la propia sociedad que había aprendido a convivir con las armas tuviera que aprender a deshacerse de ellas. Y esto, en mi opinión, exige algo más difícil que ganar una guerra y es la de cambiar el imaginario, por eso me parece tan importante que las armas no fueran simplemente confiscadas, sino intercambiadas, porque en tal negociación se entregaba algo que había formado parte de la vida para recibir algo con lo que se podía construir otra.
Me quedé pensando en esto al salir del museo porque la historia del Tree of Life no me parece una historia sobre un árbol, ni siquiera sobre Mozambique sino que me parece una historia que nos hace reflexionar sobre qué hacemos después. Después de una guerra. Después de una dictadura. Después de la violencia política. Después de descubrir que los instrumentos que utilizábamos para defendernos también podían destruirnos. Después de darnos cuenta de que la paz no es la ausencia de la violencia sino la construcción paciente de las condiciones en las que la violencia deja de ser necesaria o rentable para unos cuantos.
Y entonces, un tractor, una máquina de coser, una bicicleta o un arado nos parece una respuesta demasiado pequeña para una guerra, pero no lo es. Significa poder trabajar, desplazarse, sembrar, coser, volver a casa, confiar en el vecino. Significa Paz. Significa hablar de lo que una sociedad decide hacer con aquello que la destruyó.