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  • hace 20 horas
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2027 no se hereda, se construye

2027 no se hereda, se construye

Por Helios Ruiz .

Hay una idea que conviene decir con claridad al inicio: los movimientos no se rompen por la fuerza de sus adversarios, se rompen por la impaciencia de sus propios cuadros. Esa es la verdadera prueba que enfrenta la Cuarta Transformación en los próximos meses, y no tiene nada que ver con lo que haga la oposición.

En 2027 se renovarán diecisiete gubernaturas en el país. Es la elección intermedia más grande que ha enfrentado el movimiento desde que gobierna, y llega en un momento particular: no hay un liderazgo fundador organizando la sucesión desde el centro, hay un proyecto que debe demostrar que aprendió a decidir por sí mismo, con reglas, sin cargadas y sin dedazos disfrazados de consenso. 

El método elegido merece ser reconocido, porque no es común. Doscientos setenta y siete aspirantes se registraron en las diecisiete entidades, y las definiciones se harán mediante encuestas previstas para agosto y la primera semana de septiembre.

Cada fuerza de la coalición realiza una primera etapa conforme a sus propios estatutos, y los perfiles que avanzan pasan a una medición conjunta con hasta seis nombres en la ronda final. La revisión de expedientes involucra también a la Comisión de Honestidad y Justicia, y no ha sido decorativa: un senador con enorme peso territorial en Guerrero quedó fuera porque los estatutos prohíben el nepotismo y su hija es la actual gobernadora, y aún así anunció que seguirá recorriendo el estado. 

Ese último detalle es el más elocuente de todo el proceso. Un dirigente popular acepta la regla que lo excluye y sigue trabajando de todos modos. Eso, y no los discursos, es lo que significa la palabra unidad. Un movimiento que solo respeta las normas cuando le convienen no es un movimiento: es una coalición de intereses esperando su turno.

Porque la tentación existe y hay que nombrarla. Cuando hay diecisiete gubernaturas en juego y casi trescientos aspirantes compitiendo por ellas, la aritmética es implacable: la enorme mayoría va a perder. Lo que ocurra con esos cientos de cuadros el día después del resultado definirá la elección más que cualquier estrategia de campaña. Si cada derrota interna se convierte en resentimiento, en filtración, en candidatura por otro partido o en desmovilización silenciosa, el proyecto se desangra sin que la oposición tenga que hacer nada. Si cada derrota interna se convierte en trabajo territorial para quien sí ganó, el movimiento sale más fuerte de lo que entró.

Y hay una advertencia que la propia dirigencia ha hecho bien en formular. Se ha insistido en que los participantes respeten las reglas internas y eviten acciones que puedan leerse como promoción electoral anticipada: espectaculares, propaganda ostentosa, ataques entre aspirantes. Digámoslo sin rodeos: esa regla vale exactamente lo que valga su aplicación. Cada barda pintada antes de tiempo, cada lona colgada con el nombre propio y el rostro grande, cada aspirante que gasta en su imagen personal lo que debería estar invirtiendo en organizar, le entrega gratis a los adversarios el argumento que llevan años buscando. No porque la ley se rompa necesariamente, sino porque la austeridad no es una consigna de campaña: es una forma de estar en el mundo, y se nota cuando no está. 

Aquí está el fondo del asunto. Un movimiento que llegó al poder denunciando el dedazo, la simulación y el reparto de posiciones entre grupos, tiene una obligación adicional que sus adversarios no tienen: la de ser mejor que ellos en el terreno donde los criticó. La encuesta como método es una apuesta democrática real, y por eso mismo debe ser transparente en sus tiempos, verificable en su metodología y aceptada por todos los participantes sin condiciones. Cuando la dirigencia responde a la prensa que no dirá cuándo se aplicarán los ejercicios, gana margen de maniobra pero pierde algo más valioso, que es la certidumbre de la militancia. Y la certidumbre es lo único que evita que un proceso interno se convierta en una sospecha permanente. 

La transformación no se transmite por herencia. No se recibe con el cargo ni se garantiza con la mayoría en las urnas. Se construye cada mañana, en cada asamblea, en cada comité, con la disciplina de quienes entienden que el proyecto es más grande que sus aspiraciones personales.

Diecisiete estados van a decidir en 2027. Pero lo que se decide en realidad es más simple y más difícil: si este movimiento aprendió a resolver sus diferencias sin destruirse.