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BeiDou, drones y chips: cómo China pelea en Irán

BeiDou, drones y chips: cómo China pelea en Irán

Por Ernesto Ángeles .

Más allá de los desesperados intentos de dominar por la fuerza y proyectar una imagen de invencibilidad, es más que notorio que las últimas acciones de Estados Unidos y, en menor medida, de Israel, demuestran desesperación: desesperación por un orden que no termina de nacer pero que, en los hechos, no les favorece a sus ambiciones de poder; desesperación por la tentativa de tener que negociar en lugar de dictar; desesperación por tener que ser otros más en el mundo, pese a un delirio de ser los elegidos…

En fin, el ataque que Estados Unidos e Israel cometieron contra Irán, presentado como la última oportunidad de sostener el orden regional, representa una jugada bastante peligrosa, ya que puede no sólo sumir al Medio Oriente en un conflicto de mayor magnitud, sino que tiene el potencial de cambiar el equilibrio de poder de la región y acelerar un proceso que, en principio, intentaban detener.

En esta línea, el resultado de esta pugna no es tan simple como creía la administración del presidente Trump, ni como lo presentaba el genocida Benjamín Netanyahu, ya que éste no depende únicamente de la supremacía tecnológica y un presupuesto abultado, sino que depende de diversos factores como la capacidad de producción industrial; las estrategias de guerra; la tecnología cívico-militar; la inteligencia y las operaciones físico-electrónicas; el apoyo, la presión y hasta la suma de otros países al conflicto; la autosuficiencia y la capacidad de sostener cadenas de producción y suministro durante periodos prolongados; el mercado energético y las reservas; y la cohesión político-social con su capacidad de alargar e institucionalizar la guerra.

Sin embargo, algunos de estos factores traen consigo riesgos de enorme magnitud, tal como la extensión del conflicto más allá del Medio Oriente y el inicio de la Tercera Guerra Mundial; por ejemplo, si países como China o Rusia se suman activamente a las operaciones militares sobre el terreno.

Esta es precisamente la razón por la cual no se ve a China o Rusia enviando militares, aviones y embarcaciones al teatro de operaciones, con todo y el lamento de aquellas voces que denuncian que estos países “abandonaron a su aliado”. Pero que no lo hagan de forma directa y abierta no significa que ambos países estén al margen del conflicto: el armamento, la inteligencia y los ecosistemas tecnológicos de China y Rusia están siendo desplegados activamente a favor de Irán, operando en una dimensión menos visible pero no menos determinante.

Este escenario guarda una semejanza estructural con el de Ucrania, donde Rusia y Estados Unidos sostienen un conflicto de forma indirecta, aunque éste último se limita a proveer dinero, armamento, inteligencia, tecnología y mercenarios. La diferencia con el frente iraní radica en la naturaleza del actor que respalda al bando contrario: si en Ucrania el protagonismo tecnológico recae sobre Rusia, en el Medio Oriente es China quien lleva la delantera.

Y esto no es menor. Irán, pese a poseer ciertas capacidades propias y un ecosistema tecnológico-militar de desarrollo doméstico —resultado de décadas de sanciones que lo obligaron a la autosuficiencia forzada—, no cuenta con los recursos ni la escala industrial para sostener un conflicto prolongado contra la maquinaria tecno-militarista estadounidense. China, entonces, entra a llenar ese vacío de una manera que va mucho más allá de la provisión de equipamiento.

El soporte estructural que China brinda a Irán puede comprenderse en varias capas. La primera es la más visible: el sistema de navegación por satélite BeiDou —equivalente chino del GPS estadounidense y del GLONASS ruso— proporciona a las fuerzas iraníes y a sus aliados regionales una capacidad de posicionamiento, guía de municiones y coordinación táctica que no depende de infraestructura controlada por Occidente. Esto es crítico en un escenario donde Estados Unidos podría simplemente "apagar" el GPS sobre zonas de conflicto, dejando ciegos a sistemas de armas que dependan de él.

La segunda capa es la de las comunicaciones y la guerra electrónica. China ha exportado a Irán tecnología de telecomunicaciones de doble uso —tanto civil como militar— que incluye equipos de Huawei y ZTE con capacidades de cifrado, gestión de redes de mando y control, e infraestructura de fibra óptica subterránea resistente a ataques electromagnéticos. Esta arquitectura de comunicaciones fue, en parte, la que permitió a las fuerzas iraníes y a sus proxies mantener coordinación durante los periodos de mayor intensidad del conflicto, cuando los sistemas satelitales comerciales fueron perturbados o comprometidos.

La tercera capa, quizás la menos documentada pero la más estratégicamente relevante, es la del hardware de tecnología avanzada: drones de reconocimiento y ataque basados en diseños chinos o ensamblados con componentes de origen chino, sistemas ópticos y de visión nocturna, microprocesadores y chips de propósito especial que alimentan desde radares hasta sistemas de guía de misiles. La guerra en Yemen, en Siria y ahora en el frente iraní ha demostrado que la proliferación de drones baratos y precisos ha alterado radicalmente la ecuación militar: ya no se trata de cuántos cazabombarderos tiene un país, sino de cuántos enjambres de vehículos aéreos no tripulados puede desplegar y a qué costo.

La cuarta capa es industrial: la enorme capacidad manufacturera de China —que produce más acero, aluminio, componentes electrónicos y explosivos convencionales que el resto del mundo combinado— permite reabastecer a Irán a una velocidad que ninguna cadena de sanciones occidentales puede interrumpir eficazmente, sobre todo cuando Pekín ha construido durante años rutas comerciales alternativas a través de Rusia, Asia Central y el Golfo Pérsico que eluden el sistema financiero y logístico dominado por Washington.

Es por esto por lo que el eje estadounidense-israelí está centrado en una victoria rápida y en infligir el máximo daño en el menor tiempo posible: saben que el tiempo no juega a su favor. Cada semana que pasa consolida más la integración tecnológica entre China e Irán, profundiza las cadenas de suministro alternativas y fortalece la experiencia de combate de las fuerzas iraníes. Si la guerra se alarga, el escenario se invierte: será Israel quien enfrente el agotamiento de sus reservas de interceptores —cuyo costo por unidad supera con creces al de los proyectiles que derriban—, y será Estados Unidos quien deba decidir hasta dónde está dispuesto a escalar ante una opinión pública doméstica cada vez más fracturada.

En suma, la apuesta tecnológica de China no es sólo un gesto de solidaridad geopolítica; es un laboratorio a cielo abierto: cada tecnología china que sobrevive evade o neutraliza tecnología occidental en el campo de batalla genera datos, lecciones y prestigio que Pekín convertirá en ventaja competitiva y comercial para su industria militar y comercial.