Imaginemos, por un momento, una mesa larga y de madera, iluminada apenas por una lámpara baja, y sobre ella, dispersas, boca abajo, cinco piezas de un rompecabezas enorme. Durante cinco semanas las fuimos volteando una por una, con cuidado, sin apresurarnos, porque cada pieza merecía su propio tiempo antes de encajar con las demás.
La primera pieza olía a musgo y a monte húmedo. La volteamos en San Juan Atzingo, entre los pjiekakjoo que llevan tres mil años recolectando hongos en un bosque que la ley ha tardado más de ochenta en reconocerles. Ahí aprendimos que la tierra tiene memoria, y que esa memoria, tarde o temprano, exige justicia. La colocamos sobre la mesa: encajaba en una esquina, la que sostiene todo lo demás, porque sin memoria no hay brújula para nada de lo que vendría después.
La segunda pieza la volteamos en San Luis Potosí, frente a un predio baldío donde una hija de ejidataria seguía de pie treinta años después de que el mercado decidiera que su ejido "ya no existía". Ahí entendimos que ningún territorio se explica sin preguntar primero quién es su sujeto, que borrar a la gente del discurso es, siempre, el primer paso del despojo. Esa pieza encajó junto a la memoria: una sostiene el pasado, la otra nombra a quien camina sobre él en el presente.
La tercera pieza llegó desde Sonora, con el río Mayo corriendo de fondo y el templo de San Miguel marcando el tiempo en Mayocahui. Ahí descubrimos que la tierra —y el agua que la anima— no son un medio de subsistencia sustituible: son la condición misma de seguir siendo lo que se es. Esa pieza encajó de canto, casi vertical, uniendo lo que ya estaba en la mesa con algo más profundo: no basta con recordar y nombrar al sujeto, hay que sostener también la tierra que lo hace posible.
La cuarta pieza la volteamos en Tepoztlán, entre comuneras que caminaron pueblo por pueblo, barrio por barrio, hasta reunir de nuevo a su asamblea. Ahí vimos que nadie manda solo, que la comunidad no es una suma de individuos sino una forma superior de decidir y de cuidar lo que a todos pertenece. Esa pieza cerró un costado entero del rompecabezas: memoria, sujeto y tierra solo se sostienen de verdad cuando se ejercen en comunidad.
Y la quinta pieza, la más reciente, la volteamos en el desierto de Wirikuta, en un ejido pequeño llamado Margaritas que durante la larga noche neoliberal aprendió que tener la razón no basta si no hay una institución dispuesta a ponerse de su lado. Ahí comprendimos que ningún principio anterior se sostiene sin instituciones con vocación humanista: sin un abogado del que no tiene poder, la memoria se archiva, el sujeto se ignora, la tierra se fragmenta y la comunidad se disuelve sola frente a quien sí tiene todos los recursos para imponerse.
Cinco piezas, cada una volteada en su semana, cada una completa por sí sola y, sin embargo, evidentemente incompleta sin las otras cuatro. Y ahora, con la última puesta en su lugar, toca hacer lo que nunca habíamos hecho hasta hoy: dar un par de pasos atrás, apagar la lámpara baja y encender la luz completa del salón, para ver de una vez, con la mesa entera a la vista, qué fue lo que se armó.
Lo primero que aparece, ahí sobre la madera, es un mapa. No un mapa catastral, con líneas rectas y coordenadas frías, sino el mapa vivo de un país agrario que existe, resiste y sigue disputando lo suyo, de Ocuilan a Sonora, de San Luis Potosí a Morelos: un territorio hecho de nombres propios, de asambleas, de ríos, de bosques, de gente que nunca dejó de estar ahí, aunque el discurso oficial insistiera en que ya no existía.
Y entonces, mirándolo bien, con la luz ya completa, pasa algo que no esperábamos cuando empezamos a voltear la primera pieza hace cinco semanas: ese mapa no se parece a un plano. Se parece a una milpa. Cada pieza encajada es un surco; cada frontera entre comunidades, el lindero entre una siembra y otra; y lo que sostiene todo por debajo, invisible pero indispensable, es exactamente lo que sostiene cualquier siembra: memoria, sujeto, tierra, comunidad, y una institución dispuesta a regarla. El mapa que armamos pieza por pieza resulta ser, también, la milpa que ejidos y comunidades llevan generaciones cultivando, y que apenas ahora, vista de lejos, revela su verdadero nombre: Humanismo Agrario. La memoria histórica como guía ética. El sujeto agrario en el centro. La tierra como condición de lo humano. La comunidad como forma superior de organización. Y la institución agraria con vocación humanista que sostiene a las otras cuatro.
No es una doctrina que bajó de un escritorio a la tierra: es, al revés, lo que la tierra —San Juan Atzingo, Garita de Jalisco, Mayocahui, Tepoztlán, Margaritas— llevaba tiempo enseñando, y que hoy, por fin, encuentra nombre propio como guía de acción y de ética para las instituciones agrarias de este segundo piso de la Cuarta Transformación.
El rompecabezas nunca estuvo roto. Solo estaba esperando que alguien se tomara el tiempo de voltear cada pieza, una por una.