Este relato se basa en la noticia real de la madrugada del 6 de enero de 2022, en donde se encontró una camioneta con diez cuerpos sin vida bajo el árbol de navidad monumental colocado frente a la puerta de Palacio de Gobierno en la Plaza de Armas en el Centro Histórico de Zacatecas, México.
Como en cualquier acto de magia, lo que vemos sólo importa cuando aparece, no importa que pasa con ello antes ni después del truco. La magia necesita de la creencia ciega, sin cuestionamientos previos o posteriores. Necesita de un público dispuesto a ser sorprendido ciegamente. Solo importa el instante, la sorpresa.
Es el sábado 6 de enero a las cinco de la mañana en la madrugada de Reyes Magos cuando una pequeña camioneta familiar cruza solitariamente el boulevard de la capital de Zacatecas. Es una calle larga de algunos kilómetros sin esquinas, sin semáforos, con una pequeña pendiente que ayuda a que la velocidad de los vehículos se incremente sin necesidad de inyectar más gasolina.
Del lado derecho de la muy larga vialidad hay un enorme muro de piedra rojiza cortado del cerro que alguna vez estuvo ahí y que ahora escolta el transitar. Arriba de este muro, algunas construcciones se asientan silenciosas y vacías. De lado izquierdo está este conjunto de edificios burocráticos que pomposamente llaman Ciudad Gobierno.
Es fácil alcanzar cien o ciento 20 kilómetros por hora, sin embargo, la camioneta avanza a una decorosa velocidad de 60 kilómetros por hora. Se mueve como sin querer ser vista. El muro de piedra se extiende a lo largo del camino, siempre del lado derecho, arriba, hay un par de escuelas, la sede de un partido político, un restaurante. Del otro lado de la larga avenida están algunos hoteles, bodegas, un centro comercial los cuales son testigos del paso del único carro que mantiene la idea de que esto no es un pueblo fantasma. En el centro del boulevard, dividiendo los carriles que van unos hacia la ciudad y otros que huyen de ella, está una pequeña acera de escaso medio metro de ancho y varios kilómetros de largo, donde se asientan decenas de postes de luz.
Pasan algunos minutos de recorrido. El camino entra a una ciudad que duerme y que se niega a amanecer. A la izquierda, el edificio de la presidencia municipal, con sus adornos navideños, es la señal de dar vuelta en el sentido opuesto. El vehículo gris toma la salida de la derecha. Sube por un camino inclinado que llega a una glorieta elevada que lleva a tres caminos. Uno de regreso, por donde estaba la presidencia municipal capitalina. Otro lleva al camino de La Bufa, emblema de la capital y otro, por la calle de Quebradilla, al centro de la ciudad.
Cualquiera que conozca la ciudad, podría alegar al conductor que también se puede llegar al centro por otros caminos, por los inclinados callejones que siempre van hacia abajo, pero no estamos aquí para discutir esto. El conductor decidió tomar Quebradilla para continuar su camino.
Quebradilla es una calle que, desde la glorieta elevada, se escurre hacia el centro de la ciudad de Zacatecas hacia abajo, con una inclinación pronunciada por la que uno sólo tiene que decidir si caer o bajar.
Quien vive o visita Zacatecas no se acostumbra nunca a caminar siempre hacia arriba, caminar a contracorriente es el destino. De subida, los pulmones y las pantorrillas reniegan exigiendo la bajada o la planicie, pero ambas son una ilusión. De la misma forma, la calle de bajada exige el mismo esfuerzo, pero en sentido inverso.
No se lucha por bajar, se pelea por no caer. Se coloca el pie con toda la fuerza en el suelo, se inclina un poco el cuerpo hacia atrás con la tensión de quien se quiere agarrar de viento o de un recuerdo para no caer, para aferrarse a una verticalidad que, ante la mirada de alguien con poca práctica, no existe.
Uñas, dedos, zapato y el miedo a la dureza del adoquín se aferran al suelo para no caer de forma que la dignidad quede mancillada. Subimos y bajamos sin conocer la calma que da la horizontalidad, pues la calle recta es el preludio para una nueva subida, que paulatina o grosera, siempre está al final del pequeño descanso, amenazante y burlona hasta la siguiente subida. No más.
Podemos adornar el lastimoso ejercicio de caminar el eterno, ir y venir de subidas y bajadas colocando como marco un poco de cantera rosa, arcos, portales, fachadas labradas y la falsa idea de que el entorno dará sentido al esfuerzo de quien sube, sube y sube, para llegar a un arriba que sólo es el inicio de otra subida, una bajada y luego volver a subir.
Es en esta ciudad construida inexplicablemente entre cerros, en que las calles se van torciendo, que suben y bajan, la camioneta avanzaba con cuidado y lentamente hacia abajo. Vibrando rítmicamente por los adoquines, agitando su carga de 10 cadáveres, los cuales, entre brinco y brinco, agitaban el olor a muerte, esa combinación de sudor, orina, y sangre coagulada que el conductor olía impávido evitando distraerse con el roce de una pierna que, con los brincos, rozaba su nuca.
¿Cómo se acomodan 10 cuerpos en una camioneta para cinco pasajeros, que circulará con su cargamento de horror por caminos transitados y que, además tiene que evitar ser detenida por la policía, por la Guardia Nacional o por alguna denuncia de una mirada distraída?
Quizá, algunos amontonados atrás, otros, sentados como copilotos sumidos en los sueños eternos que la tortura, el miedo y la adrenalina provocaron. Todo encerrado, mientras el estéreo trataba de distraer la mente del conductor con la música de La Lupe, 93.3 FM.
Cada metro hacia abajo los cuerpos se resignaban a caer por la larga calle, presionando los asientos de adelante, mientras metro a metro, se acercaba al fin de la empinada calle. Mientras manejaba por una calle que cae hasta el centro de la ciudad.
Al final de la calle dio vuelta a la derecha, en la calle Torreón y al pasar por el hospital del Seguro Social, con la mirada clavada hacia adelante, el tétrico conductor paso a lado aquellos que esperaban. Esperaban informes de sus enfermos, la hora de las visitas. Esperaban con esa paciencia sumisa y resignada. Esperaban con vasos de unicel en las manos y el vapor en la cara; envueltos en cobijas y pesadas chamarras, esperan que el sol salga para hacer más llevadera la pesada espera de médicos que se niegan a traer buenas nuevas.
A la derecha el sitio de taxis con 2 carros que también esperan. Metros adelante una alameda sin álamos que desierta, inmóvil y alumbrada por focos amarillos, espera, espera, espera…
El jardín de la madre, un hotel, una iglesia, una escuela, todo se sucede uno tras otro y luego, vuelta. La avenida Hidalgo se extiende con su inclinación leve y serpenteante cansada, siempre hacia arriba, vacía, con sus sucursales bancarias, sus restaurantes, tiendas de ropa, de dulces y quesos. Todo duerme, incluso los arcos envueltos en ese rosa que sólo brinda la cantera, con su estilo falsamente colonial pues todo lo destruyó el mítico bombardeo de Villa.
Sin saber por qué, se detiene en el rojo del semáforo frente al Sanborns. Suena el teléfono celular y lo busca en las bolsas de su chamarra de plumas. Cuesta trabajo sacarlo en medio del tumulto que tiene en el carro. Todos los cadáveres se quedan en silencio para oír mejor la conversación.
Mira la patrulla que está estacionada a la vuelta con su policía dormido. Avanza cuando el semáforo cambia a verde. Sigue su camino de Rey Mago.
Se suceden en el camino el portal de Rosales a la izquierda, la plazuela de Goitia a la derecha, el teatro Fernando Calderón a la izquierda, nadie en la calle, la calle vacía está iluminada cuidadosamente con esa luz amarillenta que sale del piso para iluminar los hermosos edificios. La catedral adelante y el corazón y la música del radio se aceleran al tiempo que el pie en el acelerador pisa para ir más de prisa, llega.
Justo al dejar atrás la catedral gira intempestivamente a la derecha, golpeando un cubo de cantera que delimita el arroyo vehicular de la banqueta lastimando la puerta del copiloto, lo cual provocó un gesto de dolor fingido en el conductor, un perro que dormía en algún lugar de la plaza salió corriendo. En la plaza de armas, un árbol de navidad y después de cinco escalones que bajó la camioneta con agitación y cuerpos saltando profusamente, un regalo de Reyes Magos.
El solitario Rey Mago abrió la puerta de la camioneta, sacudió la cabeza tratando de reaccionar después del zangoloteo y corrió por el callejón de las campanas, dejando bajo el árbol navideño su carga de muerte. Luego desapareció en un acto de magia para dejar el resto de la historia a quienes hacen boletines de prensa y reportajes.