El objetivo de la lucha feminista es la emancipación de las mujeres del sistema patriarcal, pero ¿cómo podemos lograrlo si quienes lo sostienen no muestran interés alguno en hacerlo? Rumbo al 8M de este año, veo a las mujeres de mi alrededor prepararse para este importante día en nuestra causa, mientras gran parte de la población masculina planea un domingo cualquiera.
Este desbalance trasciende a otros ámbitos de la vida: mientras mis amigas van a terapia para tener relaciones más sanas con sus parejas masculinas, sus novios no tienen interés en trabajar su salud mental; mientras ellas buscan mejores métodos de crianza, muchos varones se limitan -en el mejor de los casos- a “proveer”. (Generalizo, por términos prácticos).
Por otro lado, es cierto que el lugar de los hombres no está en las marchas separatistas, ni en los círculos feministas, ni en ninguno de esos espacios que hemos construido al margen de sus violencias. La idea no es incentivarlos a invadir lugares que no les pertenecen, sino preguntarles ¿qué papel tienen en la coyuntura actual en pro de la igualdad?
Este desinterés nos ha llevado a un fenómeno mucho más peligroso: hombres que, al sentirse “excluidos” del tema, caen en manos de “coaches” e “influencers” que les dicen que ellos son las verdaderas “víctimas”. “Usamos esta idea de la violencia [contra las mujeres] para matizar la discriminación a los hombres, porque vivimos en una cultura que discrimina a los hombres”, dice “El Temach”, un influencer mexicano con más de dos millones de suscriptores en YouTube.
En el otro extremo, somos muchas las mujeres -especialmente jóvenes-, que militamos en el feminismo, que nos educamos en temas de género. Este contraste resulta en hombres solitarios. Nosotras ya no queremos relacionarnos con “temachitos”, tampoco queremos maternarlos, educarlos, llevarlos de la mano en un proceso que debería ser autodidacta: el de la deconstrucción. ¿Entonces qué pasa? Dejamos de discutir con ellos, y ellos buscan respuestas en “cámaras de eco” que los llevan a la radicalización política.
“Es que está mal que la presidenta diga “con A de mujer”, porque ella gobierna para todos, no solo para las mujeres”, escucho decir a un hombre de mi círculo familiar, sobre la postura de la presidenta Claudia Sheinbaum. Discuto con él brevemente, intentando explicarle que las mujeres hemos sido oprimidas históricamente y que, ni siquiera esa discriminación positiva equilibra la balanza. Al cabo de un rato me rindo. Al otro día, lo escucho consumiendo contenido de internet que refuerza su fantasía de un matriarcado inexistente.
En casos menos escandalosos, pero igual de preocupantes, están aquellos varones que no refuerzan estas ideas machistas, pero tampoco hacen nada por cambiar las cosas. Aquellos que tomarán el 8M como un día más, por quienes no pasará ni un ápice de reflexión sobre sus privilegios de género ese día, ni ningún otro. A quienes no hacen el chiste misógino, pero se ríen o guardan silencio, en complicidad.
Vivimos momentos difíciles en el panorama mundial, especialmente como clase trabajadora. Y no podemos luchar contra los billonarios, el cambio climático y el imperialismo, si nosotras no somos reconocidas por nuestros propios “camaradas” como seres humanos. La causa de las mujeres es, en el fondo, la causa de la humanidad. Porque solo derribando la violencia patriarcal, veremos a los demás sistemas de opresión caer. Esa es mi apuesta política.
Y, para concluir, si eres hombre y este 8M no quieres ser parte del problema: ve un documental, escucha a tus amigas, habla con tus amigos varones sobre el tema, rompe el pacto. No protagonices, escucha. No ignores, acciona. A las mujeres: feliz rebeldía y próspera resistencia, nos veremos en las calles.