Distorsión óptica por curvatura, la forma más común de conocer el efecto que se percibe al ponerse de frente a los espejos de feria, espejos que producen en la percepción una deformación tridimensional respecto a lo que percibimos como una figura real. ¿Qué son los estereotipos sino un espejo de distorsión?
En 1934, el filósofo mexicano Samuel Ramos, influenciado por los pensamientos de Adler, describió en “El perfil del hombre y la cultura en México”, el fenómeno del complejo de inferioridad en la autopercepción de los mexicanos, un sentimiento que no deriva de una deficiencia real, sino más bien abrazado desde la ilusión de la desvalorización provocada, en buena medida, por el peso de una narrativa hegemónica inyectada por el colonialismo.
Fenómenos como la estratificación de las castas con la colonia española, las invasiones de Estados Unidos y Francia, y la conversión del territorio mexicano como satélite de los franceses al mando de Maximiliano, un relegado de la corte austriaca, influyeron directamente en la cultura mexicana. Desde el rechazo exacerbado al españolismo, hasta la noción de debilidad ante Estados Unidos y la exaltación de la estética europea, sobre todo la francesa. Es precisamente en este contexto que Fernando Bulnes, uno de los científicos del Porfiriato, en 1899 formula una idea desde el determinismo biológico donde estratifica Europa y Norteamérica, Asia y la nación mexicana desde el estilo de alimentación, categorizando al maíz como alimento de una raza de perezosos; al arroz como sustento de una raza de estancados; y al trigo como la base dietética del progreso, fuerza, inteligencia y civilización.
Samuel Ramos observa cómo México se dedicó a adoptar e imitar leyes, modas y figuras culturales con el fin de ocultar la vergüenza de su propia desvalorización, construyendo una identidad en el trauma; las lesiones de la colonia, la pérdida del territorio, la fragilidad ante la intervención y las guerras intestinas que motivan a pensar que el de afuera es más fuerte, que afuera es mejor y que adentro todo es bajeza, pobreza, poco valor, de la misma manera que el pseudo intelectualismo vocifera contra la fiesta de las masas, como lo demuestra Villoro.
Quienes han tenido la oportunidad de conocer las ciudades del viejo mundo a pie de calle, lejos de la pose, podrán atestiguar que México no le pide nada al mundo. ¿El Prater frente Chapultepec, Toulouse frente Zacatecas, Asís frente a Real de Catorce? Una cocina declarada como patrimonio mundial, una joya de la antigüedad entre las siete nuevas maravillas del mundo; un potosino desafiando la estructura musical para incursionar en el sonido 13, mexicanos y mexicanas en el espacio y un sinfín de ejemplos; pero, quienes no han tenido una ventana para verlo, ¿cómo lo comprueban?
México recibe por tercera ocasión una Copa del Mundo de futbol, pero a diferencia de 1970 y 1986, el factor de las redes sociales ha abierto un horizonte que ha cambiado por completo la percepción de México, dentro y fuera del país.
Previo a la inauguración del Mundial en la Ciudad de México, los sectores más conservadores y sus medios corporativos se empeñaron en sembrar la idea de que “México no está preparado para recibir un Mundial”, que “México daría una mala impresión al mundo”. Incluso después del encuentro de México contra Ecuador, los usuarios de redes sociales afines al régimen de Noboa se empeñaron en posicionar la narrativa de que “México es un mal anfitrión”, pero, ¿qué dice el mundo?
El primer fenómeno viral fue la divertida manera en que los aficionados coreanos se integraron en la fiesta mundialista de los Fan Fest. De inmediato se viralizaron imágenes de turistas de todas partes del mundo disfrutando de la estancia en México resaltando la calidez, la algarabía, la amistad, la cultura, el color y el sabor de México. ¿Por qué argumentan que México merecía todo el mundial o al menos más fechas incluida la final?
La selección iraní ha destacado el recibimiento, no solo de las autoridades mexicanas para facilitar la estadía en la Copa del Mundo, sino el abrazo del pueblo tijuanense que los hizo sentir como en casa, lo que valdrá para nombrar una calle en Irán como “Canaco Tijuana”. En Monterrey, la afición marroquí agradeció el espacio y repartió obsequios tras la victoria frente a Países Bajos. La hinchada colombiana agradeció poder ocupar el Ángel de la Independencia para celebrar su banderazo hasta convertir en tendencia que “México y Colombia son novios”.
Cientos de testimonios en redes sociales donde turistas de todo el mundo reconocen la grandeza de México. Su aprecio por la gastronomía, la fiesta, el paisaje y la hospitalidad no son resultado de una novedad, pero hoy son testimonios al alcance de todos. Un mundo enamorado de México contradice la narrativa que fomenta esa percepción de inferioridad.
Miles de aficionados de todo el mundo se han puesto la camiseta mexicana, el Tri consigue su pase a octavos, el ¿Y si sí? resuena en todo el país y, entonces, el pueblo mexicano se mira en un nuevo espejo plantado en las pupilas del otro, se puede mirar como lo miran los pueblos del mundo, ya no con la lente de la hegemonía, no con la lente del imperialismo.
México percibe la posibilidad de cambiar su historia mundialista, pero también puede cambiar su autopercepción y abrazar su grandeza oculta tras los estereotipos. Todo depende de cambiar el espejo con el que los mexicanos nos miramos cada día al despertar. ¿Y si sí?