Hay épocas en las que cambia el mundo y épocas, mucho más extrañas y sombrías, en las que lo que cambia es aquello que entendíamos por mundo. La diferencia no es menor. Cuando cambia el mundo podemos lamentarlo, celebrarlo, combatirlo o acostúmbranos. El ser humano -esa criatura extraordinariamente hábil para adaptarse incluso a aquello que juzgó imposible- termina incorporando la novedad a la vida cotidiana; pasó con la máquina de vapor, la computadora personal, el internet, el teléfono inteligente y las redes sociales. Después de algún tiempo, aquello que parecía extraordinario adquiere la discreta vulgaridad de las cosas que simplemente están ahí, dadas, y dejan de cuestionarse.
Pero hay momentos en los que no aparece solamente algo nuevo dentro del mundo, sino algo que es capaz de poner en duda las categorías mediante las cuales, como humanidad, habíamos construido el mundo y acordamos ser en él. Entonces, la humanidad se enfrenta a un momento en que el mundo deja de tener correspondencia con las verdades y creencias comunes y éstas dejan, a su vez, de corresponder con el mundo. Lo que sobreviene es una suspensión de las verdades y creencias acerca del mundo, que es casi lo mismo que decir ‘una suspensión del mundo’, por eso caben discursos negacionistas, terraplanistas o antivacunas.
Porque para los seres humanos el mundo nunca ha sido solamente aquello que existe, sino también aquello que creemos que puede existir, el mundo humano necesita nombres, diferencias, causas, recuerdos, expectativas. Necesita distinguir entre lo verdadero y lo falso (y por ende, comprender el estatuto moral de la mentira), distinguir entre presencia y representación, original y copia, persona y objeto, pensamiento y repetición, palabra y ruido. Sin embargo, habitamos esas distinciones con tanta naturalidad que terminamos olvidando que existen, hasta que dejan de funcionar. Y quizá eso sea precisamente lo que comienza a sucedernos con la inteligencia artificial (IA)
La Máquina que hizo poesía.
Durante siglos, los seres humanos hemos creado y tenido máquinas capaces de hacer cosas que nosotros no podíamos hacer. La grúa levanta lo que ningún grupo de hombres puede levantar, un automóvil corre más rápido que nuestras piernas, una calculadora resuelve en segundos operaciones que requerirían horas. Sin embargo, ninguna de estas máquinas destruyó nuestra idea fundamental de lo humano porque, de alguna manera, aquellas máquinas se encontraban del otro lado, el del instrumento.
La IA generativa introdujo una perturbación diferente. La máquina comenzó a escribir, luego pintó y compuso música, produjo fotografías de personas que no existen, pero parecen existir, imitó voces de vivos y hasta de muertos, programó computadoras, creó y operó estrategias de desinformación, sostuvo conversaciones, produjo hipótesis, respondió preguntas filosóficas y hasta hizo poesía.
El problema no consiste en determinar si lo hace mejor o peor que nosotros. El problema surgió antes: creíamos que ciertas acciones constituían indicios de una interioridad. Detrás del poema suponíamos a un poeta; si alguien respondía coherentemente una pregunta, suponíamos que había comprendido la pregunta; si alguien pintaba un cuadro, buscábamos comprender la intención; si escuchábamos una voz, suponíamos un cuerpo; si veíamos una fotografía, suponíamos que algo había estado frente a una cámara.
La IA rompe esas correspondencias. Ahora puede haber poema sin poeta; imagen sin acontecimiento; voz sin una persona de carne y hueso; conversación sin conciencia; estilo sin biografía; producción simbólica sin experiencia vivida, que es lo mismo que decir ‘sin vida’, ‘sin mundo’. No desaparecen las palabras, lo que desaparece es la seguridad acerca de qué hay detrás de ellas. Ahí comienza el derrumbe del mundo, de la verdad, de la confianza y de la humanidad.
En el principio el mundo era verdad y confianza
La ontología cotidiana es más clara que la de los filósofos. Nadie despierta por la mañana preguntándose por ‘el ser del ente’. Ponemos café, miramos el teléfono, leemos un mensaje, escuchamos una voz, vemos una fotografía y, precisamente en esa trivialidad, se encuentra una gigantesca arquitectura metafísica, confiamos.
No absolutamente, desde luego, sabemos que alguien puede mentir, que una fotografía puede estar manipulada y que una persona puede fingir. Pero incluso, la mentira tradicional necesitaba conservar aquello que pretendía destruir, para mentir había que fabricar una falsedad que pudiera hacerse pasar por vedad. La IA introduce una posibilidad más inquietante: la producción industrial de lo verosímil. No una mentira, millones de mentiras, no sólo falsedades.
Textos, fotografías, voces y videos producidos a una velocidad incompatible con los viejos mecanismos humanos de comprobación. Los deepfakes muestran con particular claridad el problema, la cuestión ya no consiste únicamente en que podamos creer verdadero un video falso, existe una consecuencia todavía más profunda: podemos comenzar a considerar falso un video verdadero
La falsificación perfecta no destruye únicamente nuestra confianza en lo falso, destruye nuestra confianza en lo verdadero. Cuando una sociedad ya no puede ponerse de acuerdo acerca de los procedimientos mediante los cuales algo comparece como verdadero, el problema deja de ser exclusivamente una preocupación de los epistemólogos, pues comienza a tocar el mundo porque una comunidad necesita compartir algo más elemental que opiniones, necesita compartir, al menos provisionalmente, determinados procedimientos para establecer qué ocurrió y, por extensión, qué es lo bueno y lo malo, qué es lo cierto y qué es la mentira. Sin ellos, no tenemos simplemente sociedades enfrentadas por diferentes interpretaciones de la realidad u opiniones, tenemos realidades enfrentadas.
La máquina frente al espejo
El derrumbe provocado por la IA no ocurre solamente afuera, en el mundo, sino que ocurre también cuando el ser humano vuelve la mirada hacia sí mismo. Durante toda la historia de la humanidad construimos una imagen particularmente generosa de nuestra especie: el ser humano como animal racional, el animal que habla, el animal simbólico, el animal capaz de crear, el animal que pregunta. Cada definición del ser humano establecía una frontera: del otro lado estaban las cosas. Pero las fronteras comenzaron a moverse: una máquina conversa, una máquina produce símbolos, una máquina argumenta, una máquina crea imágenes que nos conmueven. Entonces, aparece inevitablemente la pregunta: ¿Qué nos queda?
Quizá respondamos que la máquina no comprende lo que dice, que no siente, que no tiene conciencia, que sólo calcula probabilidades. Puede ser, pero incluso aceptándolo, aparece una pregunta mucho más incómoda: ¿Si una máquina que no comprende puede producir una enorme cantidad de aquello que durante siglos consideramos señales de comprensión, ¿qué significa entonces comprender?
La IA quizá no haya demostrado que las máquinas piensan, pero ha conseguido algo más perturbador, nos ha obligado a preguntarnos qué queríamos decir cuando afirmábamos que nosotros pensamos. La máquina se convierte así en una especie de espejo de Ricardo II de Shakespeare, donde el rey depuesto busca su rostro sólo para descubrir que su antigua identidad se ha desvanecido, no porque descubramos necesariamente en ella una conciencia, sino porque al mirarla comienzan a resultar menos evidentes nuestras propias definiciones y nuestra noción del mundo.
No sabemos si la máquina se parece cada vez más al ser humano, quizá descubrimos que habíamos explicado demasiado poco qué significa ser hombre y mujer o, tal vez, nos comenzamos a parecer tanto a las máquinas previo a la IA que quizá por las redes sociales dejamos de ejercer nuestra humanidad perdiéndola en el scroll infinito.
La muerte del autor que nunca vivió
También la creación sufre una extraña mudanza. Habíamos aprendido a separar la obra de su autor. La filosofía, la crítica literaria y el arte moderno habían problematizado desde hacía mucho la intención autoral y su distancia de la experiencia estética, pero incluso cuando proclamábamos la muerte del autor, quedaba el cadáver; había alguien; alguien había vivido antes del texto; había tenía infancia, hambre, mente, cuerpo, deseo, memoria.
Ahora podemos encontrarnos ante una página admirable y descubrir que detrás de ella no existe ninguna biografía, sino un sistema. Entonces cambia nuestra pregunta; antes nos preguntábamos “¿qué quiso decir?”; después aprendimos a preguntar “¿qué dice el texto independientemente de lo que quiso decir el autor?”; ahora tenemos que preguntar: “¿qué significa un texto cuando nadie quiso decirlo?
La nueva pregunta parece pequeña pero no lo es, porque buena parte de nuestra cultura ha vinculado la creación con la experiencia de la vida vivida y de la finitud. Escribimos porque olvidamos; pintamos porque desaparecemos; fotografiamos porque el instante se pierde; contamos historias porque los muertos no regresan. La cultura humana ha sido, entre otras cosas, una reivindicación de la experiencia y una rebelión contra nuestra condición mortal.
La IA no comparte estas urgencias. No escribe porque haya vivido ni porque vaya a morir y, sin embargo, escribe. La paradoja merece detenernos, hemos construido una criatura capaz de producir algunos de los signos mediante los cuales intentábamos escapar de la muerte, pero sin que poseea experiencia alguna de la vida y de la muerte. La IA produce huellas sin haber recorrido necesariamente el camino.
El derrumbe del mundo y del último privilegio
Cada revolución profunda ha herido alguna seguridad. Copérnico desplazó a la tierra, Darwin desplazó al hombre de una creación biológicamente (y religiosamente) separada, Freud sospechó incluso de la soberanía de nuestra conciencia, La IA está produciendo otro desplazamiento, aunque todavía ignoramos su verdadera magnitud.
Esta vez no se trata de descubrir que no ocupamos el centro del universo. Se trata de descubrir que quizá tampoco poseíamos el monopolio de ciertas operaciones que utilizábamos para justificar nuestra excepcionalidad.
La IA está derrumbando algunas de las correspondencias mediante las cuales habíamos organizado el mundo: palabra y hablante, imagen y acontecimiento, creación y creador, inteligencia y conciencia, respuesta y comprensión, trabajo y producción, original y copia, verdad y mentira, humano y máquina. No sabemos todavía cuales de esas parejas sobrevivirán, pero la IA ha vuelto insuficientes algunas de las categorías con las cuales reconocíamos el mundo y nos reconocíamos a nosotros mismos y, cuando las palabras ya no alcanzan para nombrar aquello que ocurre, aparece ese instante que precede a todo nuevo mundo. El mundo está ahí, pero ya no coincide enteramente con nuestras ideas acerca de él
Ganas de mundo y de verdad
Quizá todo ontología haya nacido alguna vez de un derrumbe. El ser humano descubre que sus palabras no alcanzan, que sus dioses ya no responden, que sus categorías envejecieron antes que las cosas.
Entonces debemos volver a preguntar, la IA nos coloca nuevamente frente a esa obligación. Tendremos que decidir qué entendemos por inteligencia cuando la inteligencia aparente ya no requiere un cerebro humano. ¿Qué entendemos por creación cuando producir una imagen ya no exige necesariamente haberla imaginado¿ ¿Qué entendemos por verdad cuando cualquier evidencia puede ser fabricada? ¿Qué entendemos por identidad cuando una voz y un rostro pueden existir separados de la persona a la que pertenecieron? Y finalmente, tendremos que regresar a la pregunta que estaba escondida detrás de todas las demás: ¿Qué significa ser humano cuando algunas de las cosas que considerábamos exclusivamente humanas pueden ser realizadas por algo que no posee mundo?
Quizá ese sea el verdadero derrumbe de nuestro tiempo. No que la IA esté convirtiéndose en nosotros, sino que, frente a ella, nosotros hemos dejado de saber con absoluta certeza qué éramos e incluso, nos hayamos abandonado frente a ella. Esto no es poca cosa, porque cuando una época pierde las respuestas que organizaban su mundo tiene solamente dos posibilidades: aferrarse desesperadamente a las categorías que se derrumban o comenzar el doloroso trabajo de inventar otras, incluso a pesar de perder valores como la verdad y lo bueno.
Tal vez nuestros descendientes miren este momento como nosotros miramos aquellos instantes extraños de la historia en lo que una civilización descubrió que el universo era considerablemente disintió de aquello que había supuesto. Somos quienes escuchan los primeros crujidos dentro de la casa. Hay una grieta por la que comienza a entrar un mundo para el cual nuestras palabras, categorías éticas, epistemológicas y filosóficas ya no son suficientes
Tal vez la tarea de la filosofía vuelva a ser entonces la que siempre fue: permanecer junto a esa grieta, mirar sin nostalgia el mundo que se pierde y sin ingenuidad el mundo que aparece, resistir a la tentación de llamar progreso a todo lo nuevo y decadencia a todo lo que termina.
Hay que volver a preguntar hasta que las palabras puedan nuevamente tocar las cosas, sin que desaparezca lo humano, porque detrás de todo derrumbe permanece una necesidad profundamente humana: las ganas de que exista todavía un mundo que podamos vivir, nombrar y compartir; un mundo en el cual todavía sea posible distinguir una voz de su eco, la verdad de la mentira y, quizá, también, las ganas de seguir siendo nosotros quienes hacemos la pregunta.