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  • hace 7 horas
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Piensos contra la estética hegemónica

Piensos contra la estética hegemónica

Por Bastian Bilá

Don Julián no se oponía a la nacionalización de la industria ni al aumento de los subsidios; de hecho, apenas entendía de macroeconomía. Lo que realmente le quitaba el sueño, lo que le provocaba una acidez estomacal que ningún antiácido lograba aplacar, era la corbata perpetuamente torcida del Gobernador y ese acento arrastrado, de vocales demasiado abiertas, que manchaba la pulcritud de los micrófonos oficiales cada vez que se anunciaba una reforma.

Sentado en el sillón de cuero de su club de siempre, observaba la pantalla del televisor con una mueca de asco físico, como si el mobiliario del Palacio de Gobierno hubiera sido contaminado por una estética “fea”. Para él, el agravio no residía en el contenido del decreto, sino en el hecho intolerable de que el Presidente se remangara la camisa de esa forma tan ordinaria, exponiendo unos antebrazos que delataban un pasado de trabajo. "Ya no hay decoro", suspiraba frente a sus amigos, quienes asentían con la misma indignación silenciosa. Según su lógica, el buen gobierno se medía por la simetría de un traje de sastre, el uso impecable de los participios y por usar colores neutros, si el/la líder hablaba y se movía como alguien “sin clase”, entonces, por definición estética, el país estaba en ruinas. 

Esa aversión, disfrazada de "amor por las formas" y "respeto a la investidura", alcanzó su punto álgido cuando la Secretaria de Vivienda inauguró un complejo habitacional. Mientras las cámaras mostraban techos nuevos y familias agradecidas, Julián solo pudo fijar la vista en el termo de plástico que la funcionaria había osado apoyar sobre el escritorio de caoba centenaria. No era una crítica política lo que hervía en su interior, sino un rechazo de clase. Le resultaba insoportable que el poder hubiera dejado de ser un espejo de su propia “casta” para convertirse en un retrato de quienes, hasta hacía muy poco, solo conocían la casa de gobierno desde la calle. 

 

§ 

 

La frase atribuida a Nietzsche —"si matas a una cucaracha eres un héroe; si matas a una mariposa eres malo"— sintetiza una intuición central de su pensamiento: los juicios morales no son universales ni objetivos, sino que dependen de una escala de valores estéticos (lo que se percibe como bello, noble, útil o repugnante). Lo que define al "héroe" no es el acto en sí (matar), sino el prestigio simbólico del ser viviente eliminado. Aplicado a la política y la comunicación, este criterio permite entender cómo el poder construye consensos: define qué causas, líderes o grupos son "mariposas" (dignos de protección) y cuáles son "cucarachas" (merecedores de eliminación moral y práctica). 

El principio de que la estética es moral —donde el poder define quién es la "mariposa" (digna de protección) y quién la "cucaracha" (merecedora de eliminación)— ha migrado de los grandes consorcios mediáticos a la infraestructura algorítmica y las redes sociales. En pleno 2026, la brújula ética occidental no se orienta por el bien común, sino por la estética hegemónica impuesta por el algoritmo, donde "si algo es visualmente armónico bajo los estándares del algoritmo, es 'bueno'; si es disruptivo, pobre o —Dios nos libre— 'feo', es sospechoso de maldad". 

Esta dominación imperial ya no se basa solo en la invasión militar, sino en la colonización de la retina. La "limpieza" minimalista de Silicon Valley, el lujo aspiracional de las redes, y la exigencia de un rostro "blanco, delgado y simétrico" se han convertido en herramientas de domesticación masiva. Esta imposición estética es la esencia del racismo estructural, el proyecto imperial estableció que lo blanco fuera sinónimo de "limpio," "ordenado" y, por ende, "éticamente superior". La tecnología, lejos de ser neutral, aplica una plantilla de blanqueamiento a través del Filtro de París aplicado a la geopolítica. 

En el espectro político, esto se manifiesta en la estetización grotesca del autoritarismo, con figuras como Donald Trump y Javier Milei, que usan el exceso visual o una estética de "rebeldía punk-libertaria" para ocultar morales rancias y desastres sociales. En México, la derecha utiliza este racismo estético para vender una superioridad moral ligada a sus códigos postales, etiquetando los movimientos populares como "sucios" o "nacos" (eufemismos para "no-blanco"), demostrando que sus mentiras son, ante todo, mentiras visuales

Dado que la dominación entra por los ojos y se sustenta en la imposición de un ideal estético eurocentrista, el acto de rechazar esa imposición es una insurrección estética y, por ende, una revolución moral

Si la estética es el sistema operativo del racismo y la opresión, rechazar el filtro imperante se convierte en un acto de soberanía política. Como sugiriera Aníbal Quijano, decolonizar el poder implica necesariamente decolonizar el deseo. 

La revolución implica reivindicar activamente lo que el eurocentrismo condena como "feo". Esto incluye la estética de la periferia, la "fealdad" del conflicto y la asimetría de la lucha popular. 

La verdadera ética debe abandonar la frialdad del render europeo y adquirir la textura, el aroma y el color de la tierra. La revolución consiste en mirar la "imperfección" de nuestros pueblos y encontrar en ella una dignidad que el imperio no puede controlar ni replicar.