Ha pasado un mes desde el 8M, una fecha en la que -al igual que muchas mujeres mexicanas- suelo salir a marchar en la capital del país. Pero este año fue diferente. Decidí protestar en Tlanepantla de Baz, en el Estado de México.
El Edomex no es sólo el lugar donde vivo, es también el lugar en el que crecí normalizando la violencia contra las mujeres. No soy la única. De acuerdo con datos de 2021 del INEGI, el 78.7% de las mexiquenses mayores de 15 años dijeron haber experimentado algún tipo de violencia, la cifra más alta a nivel nacional
Fue, de hecho, en Tlalnepantla donde viví la que probablemente ha sido la violencia machista que más me ha marcado: una relación abusiva cuando era menor de edad. En Tultitlán viví mi primer acoso, a los 12 años. Recorrer las calles mexiquenses, pero ahora reconociéndome valiente y autónoma, fue también un acto profundamente revolucionario a nivel personal. Era una deuda conmigo misma.
También fue una forma de visibilizar a todas las morras que resistimos desde estos espacios marginados, lejos de los grandes edificios de Insurgentes y Reforma. Nosotras, quienes viajamos diariamente trayectos eternos rumbo a nuestros centros educativos y de trabajo, tenemos derecho a no hacerlo también para luchar.
Aunque éramos pocas, las consignas eran las mismas: Ni una más, alto a la violencia sexual, justicia para las desaparecidas y asesinadas. La marcha concluyó con la pega de carteles, un taller de poesía y la escucha de testimonios. Entonces nos convertimos en un abrazo colectivo que nos recordó que, incluso en esos lugares que parecen “olvidados”, no estamos solas.
El hablar de esto un mes después también es una forma simbólica de recordar cómo hemos sido relegadas. Aunque llevamos mucho tiempo alzando la voz, es momento de hacerlo en los espacios donde se nos enseñó que nuestra vida no valía. Ni un día de silencio más desde las periferias.