Puerto Príncipe, la capital haitiana, vive desde hace casi un lustro los embates de una crisis de violencia donde una parte importante de su población se ha exiliado al exterior o viven presos de los conflictos entre grupos criminales y bandas interesados en destruir todo atisbo de señal del estado, así como con los cuerpos de seguridad (policía y fuerzas armadas), cuyos esfuerzos por combatirlos resultan endebles comparados con la destrucción de los primeros. Sin poder aún categorizar el conflicto o incluso al mismo gobierno, debilitado por la corrupción, un pasado dictatorial y bajo la oscuridad de un continente decidido a dejarlos en la penumbra, en medio de los combates corren seres que desgraciadamente se encuentran en una encrucijada peligrosa donde su destino parece estar detrás o frente a un fusil forzosamente: la niñez.
El caso de Haití merece sin duda la lupa antropológica para su entendimiento, pero también implora de manera alarmante la atención de los organismos internacionales encargados de velar por los derechos humanos y el bienestar infantil, hoy degradado a su nivel mas bajo dentro de la isla como producto de la incesante violencia cuyos efectos también han desplazado a las instituciones de ayuda humanitaria, a excepción de la ONU participante con una fuerza de pacificación Keniana con poco mas de 600 efectivos policiales para vigilar a la población y combatir a los grupos criminales donde desafortunadamente cientos, quizá miles de niños portan las armas como parte del corpus pandillero para tratar de huir del hambre y paradójicamente, de la violencia, convirtiéndose de posibles víctimas a seguros perpetradores en un ciclo sin fin aparente donde también las niñas sufren el peligro real de la violación como arma de guerra y como mensaje de terror entre los habitantes bajo fuego.

El dilema no solo reside en el hecho de observar a niños y adolescentes empuñando oxidados rifles automáticos combatiendo como adultos por las calles de Haití, el problema reside en todos los procesos donde el resultado es la creación de un preadolescente completamente capaz de morir si ese día recibe un plato de comida, una dosis de la droga de su preferencia, cinco o 10 dólares por patrullar o señalar enemigos y quizá un poco más si asesina a otro niño miembro de otra pandilla en su misma condición. Todo esto en un el país más pobre de Latinoamérica, con un pasado dictatorial subyugado a intereses extranjeros y donde en la capital se han destruido casi todas las instituciones estatales educativas y las pocas existentes se encuentran en pie cada vez con menos alumnado dispuesto a arriesgar la vida para acudir a las aulas… pero resisten y lo hacen.
El dilema de los niños soldados es una deuda histórica de la humanidad entera con las principales víctimas de los conflictos armados. Aunque durante toda la existencia del ser humano han existido funestos ejemplos del uso de infantes en los conflictos, llaman la atención los casos actuales conocidos desde la guerra de Vietnam, Les enfants mauvais souvenirs[1] de Ruanda, los niños guerrilleros de Colombia o los niños sicarios en México, cuya superficie donde flotan antes de ser elementos armados es la precariedad y la ausencia total o parcial de un sistema verdaderamente preocupado por su sano desarrollo, donde en lugar de violencia encuentran tranquilidad, en lugar de armas ,escuelas, y donde no haya cadáveres sino un camino para su futuro, cosas ahora imposibles en Haití.
En este momento no existe una cifra exacta de cuantos menores de edad engrosan las filas de los grupos pandilleros del país caribeño. Un cálculo estima que cerca del 50% de los integrantes de las pandillas no rebasa los 18 años y seguramente ya han efectuado diversos actos delictivos alterando su desarrollo humano y cognitivo de manera tajante por la constante cercanía a la extrema violencia sin consecuencias. No es para nada raro observarlos haraganeando por las esquinas de los barrios fumando marihuana, viendo videos en las redes sociales y posando de la manera más atemorizante posible junto a sus rifles de asalto, muchos de ellos comprados a contrabandistas de Estados Unidos y caciques de guerra locales.
Desde el año 2024 se han registrado más de 15,000 asesinatos en Haití causados por los grupos criminales. Ese número, por desgracia, no parece llamar la atención de la comunidad internacional, aliviada por los inútiles esfuerzos de los policías Kenianos a punto de retirarse de la Isla en una misión sin sentido, sin resultados y sin un proyecto capaz no solo de combatir a las pandillas, sino de tratar de sensibilizar a la población, estudiar las causas e instrumentación de la violencia, así como tratar de asegurar la rehabilitación de cientos de miles de niños obligados a cometer actos atroces contra su pueblo, su familia y contra ellos mismos para sobrevivir un día más en un océano de violencia donde aquellos que les tiran un supuesto salvavidas son piratas sin piedad.

[1] Los niños de malos recuerdos.