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  • hace 1 día
  • 16:08
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Lectura, experiencia vital e Inteligencia Artificial

Lectura, experiencia vital e Inteligencia Artificial

Por Karla R. Díaz

La Inteligencia Artificial alcanza, a pasos agigantados, los rincones más íntimos de nuestras vidas y, aunque la lectura no es un ámbito inédito para estas tecnologías, parece que su desarrollo atenta cada vez más en contra de nuestras experiencias más vitales. 

Recientemente algunas compañías de IA han abocado sus actividades a desarrollar herramientas sistematizadas que alteran la experiencia lectora. Con mecanismos que permiten preguntar a los textos en tiempo real respecto a la psicología de los personajes, los conceptos filosóficos en la obra o el contexto histórico del autor, estas se presentan como instrumentos para enriquecer la lectura.

Resulta innegable que herramientas de este tipo pueden fortalecer el proceso neurológico que implica leer, sin embargo, el debate sobre cómo éstas pueden alterar la experiencia a nivel estético, y en su dimensión vital, aparece cuando las empresas abren la posibilidad de preguntar directamente a las obras qué significa cierto desenlace, cuál es la implicación ética de las acciones de un personaje o con qué criterios se puede analizar determinada decisión de una figura en el texto.

Al arrojar preguntas como estas, el lector podría recibir, como ya le pasa a todo el mundo cuando googlea sin mayor atisbo, una respuesta basada en algoritmos, fuentes sesgadas e intereses privados de las compañías desarrolladoras, mismas que fungen como una respuesta unívoca y ciñen el proceso de investigación, análisis y creación de conocimiento a un simple mensaje generado por IA, esto hasta de las experiencias más humanas. 

En su ensayo “¿Qué es el amor?”, Mark Vernon afirma que el hecho de que una de las preguntas más consultadas en Google sea justamente ¿qué es el amor? “revela más sobre la sociedad que le pregunta algo así a un motor de búsqueda que lo que revele cualquier respuesta sobre la naturaleza del amor”. 

Y es que esa aseveración deja entrever que, como civilización, la tecnología, digitalización y herramientas de generación del lenguaje ocupan un lugar en nuestras vidas que se amplía cada vez más hacia lo emocional, como sucede con las miles de personas que encuentran en Chat GPT un acompañamiento terapéutico o con la generación de jóvenes que establecen vínculos románticos con la IA. 

Esta situación esconde dos trampas. 

Por un lado, es bien sabido que las tecnologías no son neutrales, en ese sentido, no solo se corre el riesgo de poner al alcance de empresas trasnacionales aspectos íntimos de la vida de una persona, mismos que pueden servir como datos recopilables que posteriormente se traducirán en productos comercializables derivados de vínculos afectivos artificiales.

Por otro lado, canalizar y utilizar a la Inteligencia Artificial para experimentar emociones como el amor, la amistad, y hasta para explorar el deseo sexual, le arrebata a las personas la posibilidad de autodescubrirse a partir de la conexión real, de transformarse en sociedad y, en este sentido, de ampliar su propia sensibilidad.

Al valernos de la Inteligencia Artificial para que funja como el ente destinatario de nuestro sentir emocional también navegamos en una caja de eco que nos niega el enfrentamiento al otro como autónomo, uno que disiente, que puede lastimar y ser lastimado y que, sobre todo, nos permite entender los límites que debemos y no debemos romper. 

En tanto, ¿cuáles son las posibles consecuencias sensibles de ampliar el uso de Inteligencia Artificial en el proceso complejo de la lectura?

Someter a los textos literarios a un examen de comprensión con herramientas puede funcionar cuando se trata de evaluar aptitudes básicas, sin embargo, representa un riesgo cuando se utilizan para resumir la experiencia de haber leído, de confrontarse con las vidas de los otros, cuando se presentan como una oportunidad para sintetizar la experiencia estética a partir de un proceso de optimización sistematizada. 

Por eso se trata de una discusión relevante. Es una oportunidad para valorizar el acto de la lectura en su justa dimensión porque, así como se trata de una forma de conocimiento, esparcimiento y ocio, también representa un espacio clave para la conformación y mutación de nuestra propia identidad.

El autodescubrimiento, las experiencias vitales y la ampliación de nuestra humanidad mediante la sensibilización, a la que nos exponemos cuando vemos una película, cuando nos permitimos vivir otras vidas mediante la música o la literatura, son experiencias que no deberían poder maximizarse en términos tecnológicos.

Porque no se trata solo de entender y aceptar las experiencias estéticas (relativas o no al arte) como oportunidades para enternecerse y permitirse ser afectado, sino como un proceso de humanización constante que necesita enfrentarse a flor de piel.

Por otro lado, también es necesario poner en su justa dimensión las implicaciones mentales y cognitivas que un mecanismo generativo del lenguaje puede tener ante la lectura, y no con el fin de imponer una visión purista respecto a los procesos lectores (puesto que vale la pena aludir a las obras que experimentan con el formato y que han sido herramientas útiles en el fomento a la lectura, tales como las lecturas interactivas, los videojuegos narrativos, entre otros), sino que puede legitimar e incentivar por otros medios las dinámicas de adquisición de capital que cada vez más sobrepasan al económico y se trasladan al simbólico o cultural. 

En este sentido, las herramientas de IA pueden encaminarse no a la democratización del arte y la lectura, sino a una mercantilización exprés de la adquisición del conocimiento para reafirmar una competencia intelectual sosa y, al mismo tiempo, anular la capacidad de análisis e interpretación, que en las humanidades nunca son correctas ni únicas.

Hay personas que no quieren leer, quieren haber leído.

Y pareciera que a su vez son más los que no quieren vivir, sino haber vivido, y, cada vez en mayor medida, el desarrollo tecnológico está más dispuesto a ofrecernos esa posibilidad. 

Pero el costo no es menor, porque se trata de un intercambio que nos ofrece una aproximación superficial y sesgada, así como una visión transaccional del conocimiento, y que, a cambio, nos arrebata la oportunidad de atravesar un proceso neurológico complejo que se ve atravesado por la experiencia estética, en el plano de lo formal (y que en sí mismo ya es transformador), pero también por una sensibilidad particular determinada por la pérdida, la alegría, el dolor y el aprendizaje personal, una sensibilidad que se modifica una y otra vez a partir de la lectura, a partir de la vida.