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De la Espriella ante la tragedia: una gestión que revela improvisación y una preocupante falta de sensibilidad

De la Espriella ante la tragedia: una gestión que revela improvisación y una preocupante falta de sensibilidad

Por Pablo Quintero

La primera gran crisis del gobierno de Abelardo de la Espriella ha dejado al descubierto algo más profundo que una serie de errores administrativos: la dificultad de convertir un discurso político de autoridad y eficacia en una capacidad real de respuesta frente a una tragedia nacional. El terremoto de magnitud 7,4 que golpeó a Colombia el 10 de agosto, apenas tres días después de la posesión presidencial, se convirtió en la primera prueba de fuego de una administración que prometía orden, firmeza y resultados inmediatos. Sin embargo, la respuesta gubernamental ha estado acompañada de contradicciones, decisiones polémicas y, sobre todo, señales que proyectan una preocupante distancia frente al dolor de las víctimas. (AP News)

Desde una perspectiva de gestión pública, el primer elemento que debe evaluarse en una emergencia es la capacidad del Estado para producir información confiable, coordinar instituciones y colocar las necesidades de la población por encima de cualquier consideración política. Precisamente ahí aparece uno de los mayores problemas del gobierno de De la Espriella: las diferencias entre las cifras oficiales.

Mientras el presidente reportó 143 personas desaparecidas, Medicina Legal registraba 348 y la Unidad Nacional para la Gestión del Riesgo de Desastres contabilizaba 426. También hubo discrepancias en las cifras de fallecidos y heridos. No se trata simplemente de una diferencia estadística: en una catástrofe, conocer con precisión cuántas personas están desaparecidas determina la dimensión de las labores de búsqueda, la distribución de recursos y la atención a las familias. (El País)

Pero la mayor debilidad de la administración no está únicamente en los números. Está en el mensaje político que ha transmitido.

Una tragedia de esta magnitud exige sensibilidad institucional. El Gobierno puede y debe comunicar esperanza, pero también debe mostrar empatía, prudencia y respeto absoluto por quienes perdieron familiares, viviendas, empleos y comunidades enteras. En cambio, la utilización de balones con elementos asociados al movimiento político del presidente durante una visita a zonas afectadas provocó críticas precisamente porque introdujo un componente partidista en un momento que debería estar reservado para la atención humanitaria. (El País)

La polémica alrededor del ministro de Vivienda, Jaime Andrés Beltrán, agravó todavía más esa percepción. Mientras miles de damnificados necesitaban vivienda y las autoridades enfrentaban la reconstrucción de miles de inmuebles, el ministro fue cuestionado por haber viajado a Santa Marta. Beltrán sostuvo que se trató de un encuentro familiar y que continuó atendiendo sus responsabilidades; sin embargo, desde el punto de vista político y simbólico, la decisión resultó particularmente desafortunada. Más aún cuando De la Espriella decidió mantenerlo en el cargo y asignarle responsabilidades centrales en la reconstrucción. (La Jornada)

Un gobierno no se evalúa únicamente por las medidas que anuncia, sino por la confianza que consigue generar en los momentos más difíciles. Y esa confianza se construye con coherencia. No resulta suficiente visitar las zonas afectadas, anunciar miles de millones de pesos o declarar emergencias si, al mismo tiempo, existen contradicciones en la información oficial y conductas de funcionarios que parecen desconectadas de la magnitud del desastre.

De la Espriella ha mostrado capacidad para ocupar el centro de la escena y controlar personalmente la comunicación de la crisis. Incluso ha desplegado a su gabinete y visitado las regiones golpeadas. Pero la gestión de emergencias requiere mucho más que presencia mediática: exige coordinación técnica, transparencia, capacidad logística y sensibilidad humana. (El País)

El caso del Chocó resulta especialmente delicado. La región ya enfrentaba pobreza, infraestructura deficiente, aislamiento y problemas de seguridad antes del terremoto. El desastre agravó una situación humanitaria preexistente, afectando a decenas de miles de personas y dejando escuelas, viviendas y hospitales severamente dañados. Para estas comunidades, las promesas de reconstrucción deben convertirse rápidamente en resultados verificables. (AP News)

Por eso, el problema de De la Espriella no puede reducirse a un error aislado. Lo que está en juego es su capacidad para demostrar que el estilo confrontativo y personalista que funcionó en campaña puede transformarse en una administración responsable cuando la realidad exige serenidad.

Colombia no necesita un presidente que solamente parezca fuerte frente a las cámaras. Necesita un Estado fuerte frente al sufrimiento de su gente. Y hasta ahora, la gestión de De la Espriella frente al terremoto deja demasiadas preguntas abiertas: cifras que no coinciden, decisiones políticamente desafortunadas, funcionarios cuestionados y una comunicación que, en ocasiones, parece más preocupada por controlar el relato que por escuchar el dolor de las víctimas.

La verdadera prueba de este gobierno apenas comienza. La reconstrucción será el momento definitivo para determinar si las promesas de eficiencia eran una realidad o simplemente un discurso. Por ahora, la tragedia ha exhibido un gobierno que, lejos de transmitir plena confianza, comienza a proyectar improvisación y una preocupante falta de sensibilidad ante una de las mayores emergencias de la historia reciente de Colombia.