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De los Beatles al K-pop

De los Beatles al K-pop

Por Nieves R. Méndez

En 1967, The Beatles grabaron “Sgt Pepper's Lonely Hearts Club Band”, un álbum que, aunque marcó un momento clave en la historia de la música, nunca fue presentado ante el público. La explicación oficial apuntaba a las limitaciones tecnológicas de la época: que si los sistemas de sonido en los estadios deportivos no estaban preparados para sostener eventos de gran escala, que si los amplificadores eran demasiado pequeños, que si las voces terminaban mezclándose incluso con los anuncios del aparcamiento. Y sí. Todos estos argumentos eran, por supuesto, válidos.


Sin embargo, cuando les llegó la hora de responder a los propios artistas sobre las razones que explicaran la ausencia de gira, ellos añadieron otras de carácter más humano. Mientras Paul McCartney contó en varias ocasiones al periódico The Guardian que tocaban prácticamente a ciegas debido a que los gritos del público eran tan ensordecedores que no podían escucharse entre sí, Ringo Starr afirmaba que seguía el ritmo observando los movimientos corporales de sus compañeros. Solo John Lennon defendía la libertad del público para expresarse a gritos, argumentando que, al haber pagado por el espectáculo, tenían derecho a hacerlo.


The Beatles, aquellos mismos jóvenes que habían comenzado tocando en pequeños pubs de Liverpool, conversando y bebiendo con el público después de cada presentación, comprendieron de pronto que el fenómeno se había transformado en algo distinto de lo que no querían formar parte, en mucho al darse cuenta de que las personas ya no asistían para escuchar el concierto, como diría el mismo Ringo años más tarde, sino que asistían para verlos a ellos.


Y cuando The Beatles dejaron el escenario, esta misma sed de ídolos se vertió sobre Elvis Presley quien, en esa misma época, dejó a un lado los conciertos en vivo para centrarse en el cine y las grabaciones de estudio y tantos otros como ellos (Pink Floyd, David Bowie, Prince, Enya o Björk) que eligieron mantener al mínimo sus incursiones públicas por temporadas, evidenciando este desplazamiento progresivo del escenario al estudio, de lo público y colectivo hacia lo íntimo e individual, desde donde parecía posible crear sin comprometer su arte. 


Pero aun en todos estos casos, los músicos no pudieron frenar el fenómeno que terminaría por transformarlos en símbolos culturales cargados de significado social, emocional e histórico o; como apuntaría Jean Baudrillard en “La sociedad de consumo”, en signos de su tiempo. Este salto, inevitable en la era post nietzscheana, revelaba algo profundamente humano, que la admiración colectiva no nace únicamente del talento, sino de la necesidad de pertenencia, identidad y trascendencia. Un impulso tan antiguo como la propia humanidad que donde alguna vez puso dioses, héroes, faraones y reyes; hoy pone distintos tipos de celebridades sobre los que se vierten deseos y esperanzas colectivas.

 
Es así como un fenómeno que a primera vista parece difícil de explicar (como el hecho de que siete jóvenes coreanos puedan llenar estadios y plazas públicas como el Zócalo hasta romper récords) se entiende mejor desde una perspectiva cultural y simbólica. Aunque no se comprenda su idioma, sus letras o todo su contexto, lo relevante es que representan un espacio de pertenencia e identidad para una generación de jóvenes integrada a una comunidad global y conectada a través de las redes sociales.


Pero, entonces, ¿por qué ellos y no otros géneros más cercanos a la experiencia cotidiana, que hablan el idioma local y narran realidades reconocibles, no generan un fenómeno de tal magnitud? Quizá porque toda sociedad produce los ídolos que necesita, sobre todo para ese sector que atraviesa la adolescencia, etapa íntimamente ligada a la idealización y a la búsqueda de modelos que permitan construir una especie de alter ego, otra identidad a la que escapar, aunque sea de modo simbólico, de las limitaciones del entorno inmediato.


Con todo, entiendo que reducir el fenómeno BTS únicamente a una experiencia adolescente sería simplificarlo demasiado. Gran parte del éxito del K-pop puede entenderse como un desplazamiento simbólico y no necesariamente como un rechazo de lo local, sino la búsqueda de una narrativa más ligera, donde los estándares de belleza parecen alcanzables, la salud mental es una prioridad y el éxito parece lograrse mediante disciplina, esfuerzo y profesionalismo.
 

En muchos sentidos, es un fenómeno que funciona como un síntoma cultural de una generación que intenta imaginar y, por lo tanto, construir, un mundo distinto al que heredó.