Francia, Bélgica, España, India, Serbia, Argentina, Chile y Brasil. En apenas unas semanas, jóvenes a miles de kilómetros de distancia han salido a las calles por temas aparentemente distintos. Unos reclaman profesores y escuelas dignas; otros, una vivienda que puedan pagar; algunos defienden el financiamiento de las universidades públicas y otros cuestionan decisiones de sus instituciones electorales. No existe una organización internacional que coordine estas protestas ni todos comparten una misma ideología. Pero la coincidencia obliga a preguntarnos: ¿estamos frente a una nueva ola internacional de movilización juvenil?
En Francia, el movimiento comenzó denunciando profesores ausentes, aulas saturadas e instalaciones deterioradas. En pocas semanas se extendió y llevó al gobierno a anunciar la incorporación de 3,000 docentes. La protesta encontró eco en Bélgica, donde estudiantes salieron a las calles contra el aumento de los costos en la educación, la saturación de las aulas y las dificultades para acceder a materiales. En ambos países aparece una misma exigencia: que estudiar siga siendo un derecho con condiciones dignas para hacerlo.
España muestra otra cara de esta incertidumbre. Miles de personas han ocupado las calles para reclamar una vivienda accesible, con una presencia importante de jóvenes que trabajan, estudian y, aun así, no pueden independizarse o destinan una parte muy alta de sus ingresos al rentar. La encuesta global de Deloitte de 2026, realizada a más de 22,500 jóvenes y millennials en 44 países, encontró que 69% de la generación Z considera que el precio y la disponibilidad de vivienda influyen en sus decisiones laborales, mientras 55% ha pospuesto decisiones importantes de vida por razones económicas.
En India, las movilizaciones juveniles han llevado la discusión hacia la democracia. Jóvenes conocidos como “cucarachas” han protestado en Delhi, Mumbai y otras ciudades contra la exclusión de 130 millones de personas del padrón, lo que los llevaría a no poder votar. A ello se suman demandas relacionadas con desempleo, irregularidades en exámenes y educación. El caso muestra que la preocupación de esta generación no termina en las condiciones materiales: alcanza también las reglas mediante las cuales funciona la democracia y se ejerce el derecho a participar en ella.
En Serbia, un movimiento estudiantil surgido después del colapso de una estructura de la estación ferroviaria de Novi Sad, que dejó 16 muertos, convirtió una tragedia en una discusión nacional sobre corrupción, instituciones y rendición de cuentas. En Argentina, estudiantes, docentes y trabajadores universitarios se movilizaron contra el recorte presupuestario a las universidades públicas; mientras que en Chile jóvenes han protestado por la misma razón: los recortes educativos. Distintos contextos, pero nuevamente aparecen educación, instituciones y posibilidades de futuro.
Brasil agrega otro factor. Después de la primera vuelta presidencial, organizaciones estudiantiles encabezaron movilizaciones en distintas ciudades contra la posibilidad de una presidencia de Flávio Bolsonaro y en defensa de la educación pública, los programas sociales, los derechos laborales y la democracia. Nos muestra cómo un sector importante de los jóvenes interpreta esos derechos como elementos fundamentales para construir su futuro.
No parece coincidencia que sean precisamente algunos de los problemas que aparecen cuando se pregunta a los jóvenes qué les preocupa. En la encuesta global de Deloitte de 2026, el costo de vida volvió a ser, por quinto año consecutivo, la principal preocupación de la generación Z, mencionado por 38% de los encuestados. La Organización Internacional del Trabajo reportó que el desempleo juvenil mundial aumentó a 12.4% en 2025 —unos 67 millones de jóvenes— y que más de 257 millones de personas de entre 15 y 24 años se encontraban fuera del empleo o la educación. Naciones Unidas también identifica entre las principales presiones que afectan a nuestra generación la pobreza, la desigualdad, las barreras para acceder a educación y trabajo digno, los conflictos, los riesgos del entorno digital y la crisis climática.
Entonces, quizá lo que conecta París con Madrid, Buenos Aires con Santiago o Delhi con Río de Janeiro sea una crisis común de expectativas. Se estudia más, pero conseguir un empleo estable continúa siendo difícil. Se trabaja, pero independizarse puede resultar imposible. Se conquistan derechos, pero existe el temor de perderlos. Se habla constantemente del futuro mientras decisiones tan elementales como el tener un techo, continuar estudiando o simplemente imaginar estabilidad tienen que aplazarse porque las condiciones materiales no lo permiten.
Cada protesta tiene su propia historia, pero sería un error analizarlas como acontecimientos completamente separados. Educación, vivienda, trabajo, costo de vida, desigualdad, democracia y derechos aparecen con demasiada frecuencia como para ignorarlos. No estamos ante una juventud homogénea ni podemos hablar aún de un movimiento internacional coordinado. Lo que sí podemos observar son distintas juventudes formulando una pregunta muy parecida: ¿qué posibilidades reales tenemos de construir una vida digna?
Las movilizaciones reclaman profesores en las aulas, universidades con dinero, rentas que puedan pagar, empleos que permitan vivir, instituciones en las que puedan confiar y derechos que no desaparezcan con cada cambio político. Quizá todavía sea pronto para saber si todo esto terminará conectándose en un movimiento generacional internacional. Pero algo comienza a repetirse en distintos idiomas y continentes: una generación que exige condiciones para poder imaginar futuro.