Mientras el cine, el teatro y la televisión encuentran nuevas maneras de contar nuestras vidas, parte del periodismo sigue reservando la diversidad sexual para ciertas fechas.
Algo está cambiando en las historias que vemos en pantallas o escenarios teatrales. Hay series sobre romances entre hombres que reúnen seguidores en distintos países, telenovelas mexicanas que hace unos años habrían parecido impensables y obras de teatro que hablan del deseo sin necesidad de dar explicaciones. Mientras tanto, en espacios informativos todavía parece que hay que esperar a junio para ocuparse de estos temas.
Y ya estamos en octubre.
Recuerdo hasta hace no mucho una televisión donde los personajes homosexuales aparecían principalmente para provocar una carcajada, causar un escándalo o terminar en desgracia. Por eso disfruto encontrar historias donde la orientación sexual no determina necesariamente el destino de los personajes. Algunas son cursis, otras previsibles, pero hoy existe una variedad que antes no teníamos.
En teatro, este año fui a ver Afterglow, Secretos de una sauna y CLORO. En las tres encontré personajes que desean, sienten celos, se equivocan y no siempre saben qué esperan del otro. Cuando entrevisté a Juan Ríos Cantú, director de Afterglow, hablamos de los límites del amor, la fidelidad y el miedo a perder a alguien.
Pero también salí con otra inquietud: las tres obras cuentan experiencias entre hombres. Disfruto que existan, pero quisiera ver más historias nacidas de las vivencias de mujeres lesbianas y bisexuales, y de personas trans y no binarias. También quiero encontrar historias que cuestionen mis propias ideas.
Algo parecido me sucede con las series. Jóvenes altezas aborda el amor frente a las exigencias de una familia real; Más que rivales lleva el deseo entre hombres al mundo del hockey profesional; Élite incorporó distintas sexualidades a sus conflictos juveniles. Incluso la fallida Olympo intentó explorar las relaciones y las exigencias sobre el cuerpo en el deporte de alto rendimiento.
No todas funcionan igual de bien, pero han encontrado públicos diversos. También las series asiáticas Boys’ Love, con romances antes poco habituales en pantalla.
Me habría gustado crecer con algunos de esos referentes. Quizá me habrían ayudado a imaginar el amor sin asociarlo siempre con el secreto, lo prohibido o el sufrimiento.
En la pasada entrega de los Ariel, En el camino, de David Pablos, obtuvo seis estatuillas, incluida la de Mejor Película. Una historia sobre el deseo entre hombres, situada en el mundo de los transportistas, terminó entre las producciones más reconocidas de nuestro cine.
Cuando conversé con Pablos, me interesó su mirada sobre la masculinidad y la violencia en un ambiente donde mostrar vulnerabilidad cuesta caro. Víctor Prieto, uno de los protagonistas, me habló de la belleza que encontraba incluso en una historia tan cruda. Me gusta que una película admita esas contradicciones.
También recordé una conversación con Magali Olivera, de Cinema Queer México, en la UNAM. Hablamos de cuánto tiempo las historias LGBT+ parecieron condenadas a la pérdida o a los finales trágicos, y de la diferencia que hace poder narrarlas desde las propias experiencias. No es que haya dejado de interesarme el cine que denuncia la violencia, sigue siendo y será necesario por siempre; es que también quiero historias donde el deseo, la alegría o el desacuerdo tengan lugar. Y no quisiera que al abandonar las viejas caricaturas acabáramos aceptando un solo modelo de homosexualidad: joven, masculino y discreto. Todas y todos tienen historias que contar.
Quizá por eso me desconcierta cierta costumbre del periodismo. Cada junio aparecen entrevistas, reportajes y espacios sobre diversidad sexual. Me parece necesario y lo celebro. Lo que cuesta entender es por qué propuestas que entonces resultan relevantes pierden interés apenas termina el Mes del Orgullo.
No todo tema merece convertirse en noticia sólo por abordar la diversidad sexual. Hace falta una buena historia, contexto y rigor, como en cualquier otra cobertura. Pero la relevancia periodística tampoco debería depender del calendario. Las preguntas sobre nuestras familias, los afectos o la manera de vivir la masculinidad siguen ahí el resto del año. Los problemas legales que persisten o los de salud. Todo eso no desaparece los otros once meses.
La televisión pública ya tiene ejemplos valiosos, como Zona D, DiverCiudad y Fuera etiquetas. Ojalá esa disposición se extendiera a las agendas informativas.
No se trata de competir con las plataformas ni de llenar la programación de contenidos LGBT+. Se trata de revisar qué entendemos por interés público. Las familias, los afectos y las identidades también cambian y merecen atención periodística.
Me gustaría que esa misma curiosidad encontrara más espacio en el periodismo público y privado. Que las historias se valoren por lo que nos permiten conocer de nuestra sociedad, sin depender tanto de las fechas conmemorativas. Principalmente los medios públicos tienen ahí una oportunidad para ampliar su mirada y acompañar los cambios de un país cuya diversidad se expresa todos los días.
Porque nuestras historias no comienzan en junio ni terminan cuando acaba el Mes del Orgullo. Merecen ser contadas durante todo el año.